La historia de los sentimientos: los orígenes del giro emocional en la historiografía

La historia de las emociones representa uno de los campos más prometedores en la historiografía: es tan difícil de entender e investigar como difícil de ignorar. La aparición de una masa crítica de investigadores de las emociones no ha disipado por completo las preocupaciones de que las emociones no son realmente accesibles para el historiador o dignas de una consideración sostenida y seria. En 2010, la revista History and Theory publicó una entrevista a tres historiadores-William M. Reddy, Barbara H. Rosenwein y Peter Stearns-dedicada a analizar la nueva perspectiva. Stearns declaró que estábamos ante un “giro emocional”.  Esta es su historia.

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El giro emocional en la historiografía y las ciencias sociales

Los orígenes de la preocupación por entender a las emociones para explicar la historia se pueden remontar a Tucídides y La historia de la guerra del Peloponeso, cuando explica que los atenienses y espartanos lucharon movidos por las emociones. Una referencia más cercana la encontramos en 1882, cuando Friedrich Nietzsche escribió, en el capítulo 7 de La gaya ciencia:

“Quien quiera estudiar de ahora en más las cuestiones morales tendrá ante sí un
inmenso campo de trabajo. Hay toda una serie de pasiones que deben ser meditadas
por separado, observadas aisladamente a través de las épocas y de los pueblos, en los
individuos grandes y pequeños; ¡hay que sacar a la luz su forma de razonar, su forma
de apreciar los valores y de aclarar las cosas! Hasta hoy nada de lo que le da color a la
existencia   ha   tenido   todavía   su  historia,   pues   ¿cuándo   se   ha   llevado   a  cabo una historia del amor, de la codicia, de la envidia, de la conciencia, de la piedad, de la
crueldad? Apenas se ha logrado totalmente realizar una historia del derecho o de los
castigos”.

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La cantidad de investigaciones realizadas en los últimos años sobre la historia de las emociones muestra que los historiadores se están poniendo al día con la cuestión planteada por Nietzsche hace más de 130 años. Libros, artículos, una revista especializada (Emotions: History, Culture, Society, que comenzó a aparecer en 2017, publicada por la Sociedad para la Historia de las Emociones) y al menos cuatro centros de estudios internacionales (dos en Alemania, uno en el Reino Unido y otro en Australia) (1) parecen indicar que esta nueva  ola de investigaciones está poblando cada vez más este campo.

(1) Centre for the History of the Emotions at Queen Mary, University of London;  Languages of Emotion Cluster of Excellence at Freie Universität Berlin; Centre for the History of Emotions at the Max Plank Institute, Berlin; and the Australian Research Council Centre of Excellence for the History of Emotions (Europe 1100–1800) en Australia.

El “giro emocional” o “giro afectivo” no es monopolio de la historia, sino que engloba a las ciencias sociales y humanidades, como lo fue el giro lingüistico, el cultural, y tantos otros giros que han aparecido desde la vuelta del siglo XX al XXI. Ver Patricia Ticineto Clough y Jean Halley (eds) (2007), The Affective Turn: Theorizing the Social, Durham: Duke University Press,

 


 

La historia de la historia de las emociones: Peter Burke establece la agenda

Cuando Peter Burke lanzó el tema en su capítulo “La historia cultural de las emociones” en ¿Qué es la historia cultural? (Barcelona, Gedisa, 2006), podían encontrarse algunos antecedentes interesantes.

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Y así lo reconoció Burke. En La cultura del Renacimiento en Italia, Jacob Burkhardt escribía sobre la ira, el amor y la envidia; en El Otoño de la Edad Media, Johan Huizinga hablaba de “el alma apasionada y violenta de la época” (la población de la Edad Media aparecía como un conjunto de niños emocionalmente controlados, cuya alegría y rabia, cuyas risas y lágrimas no tuvieron límites hasta que la rueda del control emocional se puso en marcha con el Humanismo, el Renacimiento, y el luteranismo); y en El proceso de la civilización, Norbert Elias consideraba al intento de controlar las emociones como parte de dicho proceso (la modernidad era presentada como un movimiento lineal hacia el aumento de control emocional que arrancaba en los siglos XIV y XV). Sin embargo, agregaba Burke, “A pesar de estos ejemplos, la mayoría de los historiadores no se han tomado en serio las emociones hasta fechas relativamente recientes. Una historia de las lágrimas, por ejemplo, habría resultado casi inconcebible antes de la década de 1980” ( p. 134).

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El grito de Lucien Febvre

Este es un recuerdo que hace de un interrogante que se planteó Lucien Febvre sobre la falta de una historia de esta expresión del sentimiento; en un artículo de Annales de 1941, “La sensibilité et l’histoire. Comment reconstituer la vie affective d’autrefois?”, Febvre se planteaba “cómo reconstruir la vida afectiva del pasado”. Dirigido a sus colegas historiadores, este artículo era un llamamiento a situar las emociones en el centro de la investigación histórica y a superar las vacilaciones profesionales a la hora de pedir prestado a la psicología el análisis de los sentimientos humanos en el pasado. ¿Qué era esto ? “Je parlais de la mort” escribió Febvre. “Ouvrez donc le tome IX de l’Histoire littéraire du sentiment religieux en France d’Henri Bremond –son étude sur la Vie Chrétienne sous l’Ancien Régime (1932). Ouvrez-le au chapitre intitulé: L’Art de Mourir. Pas même trois cents ans; quel abîme entre les mœurs, les sentiments des hommes de ce temps– et les nôtres? ”, “Et quand cet historien nous aura dit: ‘Napoléon eut un accès de rage’—ou bien: ‘Un moment de vif plaisir’—sa tâche ne sera-t-elle pas terminée?”, “Nous n’avons pas d’histoire de l’amour, qu’on y pense. Nous n’avons pas d’histoire de la mort”. Sans elles, “il n’y aura pas d’histoire possible”. Sin embargo, su propuesta no sería desarrollada por la Escuela de Annales que, al concentrarse en el concepto de mentalidades, se concentró más en las maneras de mirar el mundo que en las formas de experiencia afectiva (Georges Lefebvre, Marc Bloch, Lucien Febvre Jean Delumeau y hasta el historiador de la muerte Philippe Ariès).


 

La historia de las lágrimas

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Justamente, en 1986 Anne Vincent-Buffault publicó un libro magnífico: Histoire des larmes (XVIIIe-XIXe siècles), Marseille, Rivages. Usando correspondencia, diarios o libros de texto de educación pero confiando principalmente en la literatura, el libro de Vicent-Buffault muestra cómo se pasa en Francia, entre el siglo XVIII y el siglo XIX, de una lágrima sociabilizadora a la pena íntima y cómo el grito vuelve a dibujar las fronteras de género entre los roles masculinos y femeninos. Los muchos ejemplos que presenta la autora son a menudo divertidos: el padre de Mirabeau prefería a Samuel Richardson antes que Rousseau con el argumento de que la Nueva Eloísa, demasiado moderna, solo causaba “lágrimas ardientes”, mientras que Clarisse Harlove era un carácter muy adecuado que hacía verter “lágrimas suaves”.

En un trabajo más cercano al ensayo que al de la reconstrucción histórica académica, Tom Lutz publicó en 2001 Crying: A Natural and Cultural History of Tears, Norton. Aquí Lutz estudia las diferentes formas en que la gente ha llorado desde las más tempranas representaciones en el siglo XIV A.C. hasta las películas contemporáneas, incluyendo literatura, arte, filosofía y ciencia desde los escritos de Platón y Darwin hasta las pinturas de Picasso o las revistas médicas modernas.

 


 

El manifiesto de los Stearns y la emocionología

La historia de las emociones avanzaba en los Estados Unidos en la segunda mitad de la década de 1980. Carol y Peter Stearns publicaron, en 1985, un manifesto en favor de la emocionología (el estudio de las normas emocionales y su cambio a lo largo del tiempo) “Emotionology: Clarifying the History of Emotions and Emotional Standards”, The American Historical Review, Vol. 90, No. 4 Oct., 1985. La emocionología, decían los Stearns “debería fascinar a los historiadores de los Estados Unidos del siglo XX, que viven en una sociedad particularmente consciente (o, al menos, particularmente interesada en proclamar su conciencia) de sus expresiones y restricciones emocionales. Los trabajos históricos en este área representan, parcialmente, un esfuerzo de autoconocimiento”.

Los Stearns pensaban que los historiadores debían centrarse en las reglas que gobiernan la expresión de las emociones en sociedad o en subgrupos sociales. Instituciones como las guarderías, los colegios, o los ejércitos, pero también el matrimonio y la familia fueron muy importantes en este sentido. El cambio histórico podría ser fácilmente discernido: en la estela de las tendencias antiautoritarias de la década de 1960 el respeto a los mayores se desplazó a las relaciones de amor en igualdad de condiciones y reformas militares en el Ejército de los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam fomentaron una relación más abierta frente al miedo de los soldados. Para los Stearns, emoción y “emotionology” estaban separados, si bien eran unidades de análisis interdependientes. La relación entre emoción y “emotionology” estuvo siempre sujeta a negociación y a cambio. Si en un determinado momento en el tiempo una rabieta durante un conflicto marital fue socialmente aceptada, no era este el caso en un momento posterior, pero si un actor histórico continuaba sintiendo ira en los conflictos conyugales, a continuación, el choque entre la emoción y “emotionology” conducía a sentimientos de culpa, a los que los historiadores podían acceder por ejemplo a través de los diarios. Jan Plamper, Historia de las emociones: caminos y retos, Cuadernos de Historia Contemporánea, 2014, vol. 36, p. 22

El manifiesto se puso en acción en 1986, cuando publicaron Anger. The Struggle for Emotional Control in America’s History, The University of Chicago Press.  Allí, mostraban la dimensión histórica del control de la ira, un camino que se remontaba dos siglos atrás. Consejos en columnas de publicaciones periódicas, literatura popular y material autobiográfico sustentaban la idea de una estrategia de largo plazo para reprimir ese sentimiento. En la sociedad colonial no había demasiado preocupación por la ira y el enojo, que se desarrollaban en el hogar hasta que apareció, a mediados del siglo XVIII, la obsesión por controlar las emociones que se consideraban potencialmente dañinas. Y allí comenzó la gran campaña que mostraría algunas peculiaridades: en la década de 1920, por ejemplo, la psicología industrial decidió convertir el enojo de la fábrica en relaciones cordiales entre trabajadores y patrones.

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Cuando Peter Stearns publicó, en 1994, American Cool: Constructing a Twentieth-Century Emotional Style, New York, New York University Press, o como editor de las más recientes Doing Emotions in History (The History of Emotions), University of Illinois Press, 2013 y Shame. A Brief History, University of Illinois Press, 2017, la historia de las emociones estaba siguiendo un nuevo sendero.

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Theodore Zeldin y la historia de las emociones en los años noventa

 

El historiador Theodore Zeldin publicó en 1994, un ambicioso libro en la mejor tradición británica de gran historia: Historia íntima de la humanidad, traducida y publicada por Alianza en 1997 y con su sexta edición en la editorial Plataforma. El creativo Zeldin, que publicó Conversación, Alianza, 1999 y Los placeres ocultos de la vida, Plataforma, 2015, realizó en su Historia íntima, como dijo Alain de Bottom “un bello intento de conectar los grandes temas de la historia con las necesidades del alma individual”. En este libro, escribía una historia de las preocupaciones personales de los individuos en diversas civilizaciones a lo largo de la historia: emociones, curiosidades, relaciones amorosas, amistades o miedos, que entran en la cotidianidad más íntima para desde ahí tratar de desenredar los conflictos del día a día.

 

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En realidad, se encuentra otro antecedente en el mismo Zeldin, en sus dos tomos de A History of French Passions (Volume 1: Ambition, Love, and Politics, 1973, y Volumen 2: Intellect, Taste and Anxiety, 1977).

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Historia, antropología y psicología: la navegación de William Reddy

En su monumental The Navigation of Feeling: A Framework for the History of Emotions, Duke University Press, 2005, William M. Reddy emprende la tarea de brindar una teoría de las emociones a partir de la antropología y la psicología; explora la relación entre emoción y cognición a través de la historia y muestra cómo los diferentes órdenes sociales facilitan o dificultan la vida emocional, como ocurrió con el sentimentalismo literario y la filosofía que prometía la libertad de expresión de las emociones durante la Francia revolucionaria.

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Reddy, que ya había desarrollado el concepto de “objetivos emocionales” o “emotives” (el objetivo de Reddy es encontrar una forma de “evaluar” regímenes emocionales, y así desarrolla una teoría de las expresiones emocionales como actos de habla, actos que denomina emotives), para mostrar el efecto de una codificación de las manifestaciones emocionales tenía sobre la subjetividad, construye un verdadero edificio teórico en la historia de las emociones. Un ejemplo : durante la colectivización de la agricultura en la Unión Soviética, una hija de un kulak habría sido empujada a un intenso sufrimiento emocional a causa del conflicto objetivo entre el amor a su padre biológico y el amor por el “padre de los pueblos”, Stalin. Si ella obedecía al último, tenía que denunciar al anterior lo que probablemente causaría la aniquilación física de éste. El “régimen emocional” del estalinismo habría hecho muy difícil para ella practicar una exitosa navegación emocional, le habría ofrecido muy poco refugio emocional y habría alcanzando un muy pequeño grado de libertad emocional. El estalinismo fue por lo tanto un mal “régimen emocional”.

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En The Making of Romantic Love: Longing and Sexuality in Europe, South Asia, and Japan, The University of Chicago Press, 2012, William Reddy estudió el nacimiento de un movimiento cultural que, frente al esfuerzo de la Iglesia a partir del siglo XII por erradicar el deseo sexual de la vida cristiana, logra convertir en válido y hasta suficientemente inocente a una autorregulación del deseo en una forma de amor en principio idealizado. Este libro se despliega en perspectiva comparada y así Reddy muestra las diferencias y similitudes entre Europa y lugares tan distantes como Bengala y Japón entre los años 900 y 1200.


 

La comunidad emocional: el medioevo de Rosenwein

Barbara H. Rosenwein publicó tres libros cruciales para el desarrollo de la historia de las emociones: uno como editora, Anger’s Past: The Social Uses of an Emotion in the Middle Ages, Cornell University Press, 1998, y dos como única autora, Emotional Communities in the Early Middle Ages, Cornell University Press, 2006 y Generations of Feeling: A History of Emotions 600-1700, Cambridge University Press, 2016. Rosenwein sigue a los Stearns y a Reddy al defender la intrínseca relación entre emoción y cognición, siendo la primera una modalidad de la segunda.

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Burke señalaba como segundo elemento a mejorar lo que él llama una “sociología” de las emociones, esto es, ¿quién se emociona? No se trata, en absoluto, de una cuestión baladí, pues, como hemos visto en el caso de Reddy, el no hacernos esta pregunta puede conducirnos a que la historia narrada sea la historia de una minoría. El concepto de “comunidad emocional”, desarrollado por Barbara Rosenwein, pretende ser una respuesta a esta pregunta, por mucho que ella no lo plantee en estos términos. Rosenwein define el concepto de “comunidad emocional” como: […] groups in which people adhere to the same norms of emotional expression and value – or devalue – the same or related emotions. More than one emotional community may exist -indeed normally does exist- contemporaneously, and these communities may change over time (Rosenwein, 2006, p. 2). Al centrar nuestra atención en las comunidades, Rosenwein nos pide, en primer lugar, que identifiquemos quiénes son los miembros de la misma, esto es, quiénes comparten estas normas y valoran emociones similares. Solventamos de esta forma la cuestión sobre el quién, pero surgen nuevos problemas. El primero, y tal vez más evidente, es la posibilidad de que una persona pertenezca a más de una comunidad, incluso al mismo tiempo. Esta posibilidad, ya contemplada por Fleck al hablar de los colectivos de pensamiento (Denkkollektiv), introduce un dinamismo que explica el cambio de los colectivos de pensamiento y que creemos puede ayudar a explicar el cambio en las comunidades emocionales de Rosenwein. Tal vez a consecuencia de esta ausencia de dinamismo interno, el cambio en los casos estudiados por Rosenwein es siempre de una comunidad por otra. Nunca se explica el cambio dentro de una misma comunidad y, cuando se hace, se opta por una explicación claramente insatisfactoria, como la empleada para dar cuenta de las diferencias existentes entre las inscripciones de dos cementerios situados en la ciudad francesa de Trier entre los años 480 y 750: Were there two emotional communities at Trier, one using the northern cemetery, the other the southern? It seems unlikely. As we shall see, in both places the epitaphs emphasized family relationships, whether or not the explicitly expressed feelings. The differences between the ‘emotional styles’ of the cemeteries seem best explained by changes over time […] I suggest that the Trier epitaphs from both northern and southern cemeteries were the product of one community that underwent gradual transformation over time in tandem with changes in cultic practices (Rosenwein, 2006, p. 65-66). Resulta cuanto menos curioso explicar el cambio histórico apelando al paso del tiempo, pero esto no hace más que señalar el problema de fondo de una definición de comunidad emocional demasiado estática, en la que Rosenwein sugiere tránsitos de individuos de una comunidad a otra (Rosenwein, 2006, p. 25), sin que ello tenga mayor impacto en el interior de la comunidad. Problema derivado de una identificación excesiva entre “comunidades emocionales” y “comunidades sociales” (familias, monasterios, cortes principescas) (Rosenwein, 2010, p. 11). Las comunidades que nos presenta Rosenwein son, por tanto, pequeñas, cerradas y homogéneas en su composición. Tampoco ofrece ninguna explicación sobre su aparición, es decir, sobre cómo y por qué se crean comunidades emocionales. Al identificarlas con “comunidades sociales” pareciera darse por sentado que toda comunidad social es una comunidad emocional, explicándose la aparición de esta última por la de la primera (la creación de una nueva corte explicaría la aparición de una nueva comunidad emocional). Hasta qué punto estos problemas son el resultado de las fuentes disponibles para el periodo que estudia es algo que debatiremos en un apartado posterior. Pese a estas debilidades, el gran mérito de la aproximación de Rosenwein consiste, precisamente, en señalar el papel social de las emociones como creadoras de comunidades. No sólo responde a la pregunta “¿quién se emociona?”, sino que coloca esta identificación en primer plano. A partir de este estudio deberemos tener en cuenta que hablar de emociones es hablar siempre de individuos, aunque no exclusivamente de ellos. Juan Manuel Zaragoza Bernal, “Historia de las emociones: una corrientes historiográfica en expansión”, Asclepio, Revista de historia de la medicina y de la ciencia, vol, 65, n° 1, 2013.


 

De nuevo Peter Burke

Peter Burke se planteó nuevamente el tema de la historia de las emociones en “Is There a Cultural History of the Emotions?”, en Penelope Gouk y Helen Hills (eds.), Representing Emotions: New Connections in the Histories of Art, Music and Medicine, Aldershot, Ashgate, 2005,pp. 35-48.

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Burke se pregunta ahora sobre la viabilidad de la historia de las emociones al tiempo que reconoce su promesa. Tal como él lo ve, si los historiadores consideran que las emociones son estables a través del tiempo (y, por lo tanto, preculturales), parece entonces que todo lo que pueden hacer es registrar actitudes cambiantes hacia estas emociones constantes. Esto deja a los historiadores escribiendo historia intelectual pero no la historia de las emociones. Si los historiadores, por el contrario, tratan las emociones como históricamente variables, entonces pueden ofrecer un trabajo más innovador, pero también pueden terminar luchando por encontrar evidencia para sus conclusiones. Tomando la ansiedad como ejemplo, Burke pregunta de manera intencionada cómo “un historiador posiblemente encuentre evidencia para establecer” si las personas estaban más ansiosas en un período histórico dado que en otro, en lugar de simplemente verse afectadas por diferentes ansiedades.

El lenguaje de las emociones se puede mostrar con las traducciones: casi todas las palabras intraducibles de un idioma a otros tienen que ver con las emociones ¿cómo es posible traducir saudades? Después de recorrer la producción historiográfica sobre el tema de las emociones, Burke concluye que todas ellas acarrean el mismo pecado: la falta de un marco analítico riguroso. Es decir, una falta de acuerdo en cómo entendemos nuestro objeto de estudio (¿Hablamos de emociones o de afectos? ¿Qué es una emoción? ¿Lo es la ira? ¿Lo es la fraternidad? ¿Estudiamos emociones o representaciones de emociones?); de quién son las emociones que estudiamos o debemos estudiar (¿hombres, mujeres? ¿Jóvenes, viejos?); con qué métodos, conceptos y teorías debemos aproximarnos a esta nueva historia; y, por último, qué fuentes deben o pueden utilizarse para este estudio. Lo que Burke viene a decir es que, aunque muchos autores hayan historiado las emociones, todavía no se ha hecho una historia de las emociones, puesto que más allá de unos compromisos mínimos (como no problematizar la definición de emoción), no se ha desarrollado una disciplina con todo lo que ello conlleva: unos métodos propios, unas fuentes específicas, un objeto de estudio bien definido. Como señala Burke, los estudios realizados desde esta perspectiva son “más innovadores” el precio a pagar es que sus conclusiones son “más difíciles de sostener”.

Aquí podemos rescatar algunos comentarios de sus Formas de historia cultural

“los historiadores de las emociones se enfrentan a un dilema fundamental. Han de decidir si son maximalistas o minimalistas, es decir, si creen en la esencial historicidad o ahistoricidad de las/ emociones. O bien determinadas emociones o el paquete íntegro de las emociones de una cultura (‘la cultura local de las emociones’, como la denominan Stearns y Stearns), se hallan sujetas a cambios fundamentales a lo largo del tiempo, o bien permanecen esencialmente inmutables en diferentes períodos” (pp 135/136)

La opción minimalista lleva a sólidas historias intelectuales pero no de las emociones. Los maximalistas llegan a conclusiones demasiado especulativas. será que la misma ansiedad se siente de manera más o menos intensa a lo largo del tiempo?  Si este fuera el caso “¿cómo puede hallar el historiador evidencias al respecto?” (p. 136)

Si los historiadores ven a las emociones como estables en el tiempo (casi como un concepto precultural), sólo se pueden encontrar variaciones temporales hacia esa constante, es decir, sólo se puede escribir historia intelectual.

Un desafío para las investigaciones históricas que vienen


 

¿Cultura o neurociencias?

Las neurociencias están de moda y la historia de las emociones no podía ser una excepción. El libro de Daniel Lord Smail, On Deep History and the Brain, University of California Press, 2008, es un ejemplo.

Darwin ya consideró las emociones como cambios fisiológicos, a los que les atribuyó una correlación directa en los gestos faciales. Mientras que William James concluía que las emociones eran antes que nada percepciones del estado del cuerpo, a partir de las cuales el sujeto establecía una interpretación.  Daniel Smail comienza su análisis de cómo pensar sobre la historia diciendo: “Al igual que cualquiera en el campo de la construcción de una trama, el historiador debe lidiar con la cuestión de dónde comenzar la historia”. Así, realiza una revisión de los modelos de historia aceptados antes de recurrir al cerebro. El aspecto más radical del libro es sobre el papel del cerebro en la historia. Smail ya ha señalado que los límites disciplinarios arbitrarios de la academia no serán suficientes frente a la nueva evidencia de las ciencias biológicas. Smail declara que no está invocando un “determinismo genético crudo” ni trata de encontrar el “gen de la ira / amor / adicción”. Describe el argumento de que tener una predisposición genética no significa que el comportamiento sea causado por esos genes. Él explora la emergencia de la sociobiología y su corrupción en un dogma mecanicista. Discute la filosofía adapcionista, recurriendo a Lewontin y Gould para desafiar la creencia de que el cambio es necesariamente adaptativo. Esto lleva a una crítica de la psicología evolutiva, una disciplina que Smail considera, por decirlo suavemente, primitiva. Toda una vida de posibilidades en el cerebro, por casualidad, y su capacidad para adaptarse a los desafíos ambientales. Todo esto deja paso, cree Smail, a una nueva narrativa histórica, a una historia cultural informada por el pasado.

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Para lograr este objetivo, Smail propone el concepto de “psicotropía”. Ejemplos históricos obvios son el tabaco, el alcohol y el café y pasa a las drogas y la pornografía. Las prácticas psicotrópicas han sufrido una transformación de “teletrópico” a “autotrópico”.  Smail concluye que “desde la perspectiva de la neurohistoria, el progreso de la civilización es una ilusión de psicotropía”.

Opinión personal: vale la pena leer el libro de Smail, pero la línea de investigación que propone nos manda a otra esfera. Me quedo con la cultura.


 

Para seguir leyendo

Un buen estado de la cuestión sobre la historia de las emociones:

Jan Plamper, The History of Emotions. An Introduction, Oxford University Press, 2015

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Introducciones generales a la historia de las emociones

Barbara Rosenwein y Riccardo Cristiani, What is the History of Emotions, Cambridge, Polity Press, 2018.

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Rob Boddice, The History of Emotions, Manchester, Manchester University Press, 2017.

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El estudio de las emociones en la Argentina

Núcleo de Estudios Sociales sobre la intimidad, los afectos y las emociones. FLACSO
Coordinan Ana Abramovski y Santiago Canevaro
Investigadores: Aba Abramoviski, Santiago Canevaro, María Aleu, Mariana Nobile, Cecilia Macon, Irene Depetris Chauvin.
Ana Abramovski y Santiago Canevaro (comp.), Pensar los afectos. Aproximaciones desde las ciencias sociales y las humanidades,Los Polvorines, Ediciones Universidad Nacional de General Sarmiento, 2017.

En el libro escriben: Ana Abramowski, Cecilia Allemandi, María Aleu, Marina Ariza, Juan Pedro Blois, Santiago Canevaro, Isabella Cosse, Edith Flores, Oliva López, Daniela Losiggio, Cecilia Macon, Francisca Pereyra, Mariela Solana, Natalia Taccetta, Ania Tizziani y Nicolás Viotti.

Ana Abramowski, Maneras de querer. Los afectos docentes en las relaciones pedagógicas, Buenos Aires, Paidós, 2010.

Santiago Canevaro e Inés Pérez, “Languages of affection and rationality: household workers? strategies before the Tribunal of Domestic Work (Buenos Aires, 1956-2013)”, International Labor and Working-Class History, Cambridge, 2015.

Dos libros para leer de Katz Editores: Eva Illouz y Arlie Russell Hochschild

Eva Illouz, Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, Buenos Aires, Katz Editores, 2009.

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Habitualmente se ha afirmado que el capitalismo tiene un rostro frío, desprovisto de emociones, guiado por la racionalidad burocrática, ajeno a los sentimientos; que el comportamiento económico está en conflicto con las relaciones íntimas y que las esferas pública y privada se oponen irremediablemente.

Sin embargo, en esta obra tan inteligente como provocadora, Eva Illouz muestra de qué modo el capitalismo ha alimentado una intensa cultura emocional, favoreciendo el desarrollo de una nueva cultura de la afectividad. Así, mientras el yo privado se manifiesta más que nunca en la esfera pública, las relaciones económicas han adquirido un carácter profundamente emocional y las relaciones íntimas se definen cada más por modelos económicos y políticos de negociación e intercambio. Eva Illouz explora este “capitalismo emocional”, que se apropia de los afectos al punto de transformar las emociones en mercancías, en una variedad de lugares sociales, desde la literatura de autoayuda, las revistas femeninas y los grupos de apoyo, hasta las nuevas formas de sociabilidad nacidas de Internet.

Arlie Russell Hochschild, La mercantilización de la vida íntima, Buenos Aires, Katz Editores, 2009.

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A medida que la familia “artesanal” se transforma en una familia postindustrial, las tareas que antes se llevaban a cabo en el interior del núcleo familiar se confían cada vez más a especialistas externos: cuidadores de niños y de personas mayores, enfermeros, profesores de colonias de verano, psicólogos y animadores de fiestas de cumpleaños. Así, producimos menos cuidado familiar pero lo consumimos más. El amor y el cuidado, cimientos de la vida social, suscitan hoy verdadero desconcierto.
Arlie Russell Hochschild, una de las más importantes voces de la sociología feminista, ofrece en esta obra nuevos y penetrantes modos de mirar la vida familiar, el amor, el género, el espacio de trabajo y las transacciones del mercado. Cada capítulo refleja algunas de las arduas negociaciones que debemos realizar día a día para satisfacer las complejas demandas del amor y del trabajo. Así, la obra aborda los temas que nuestra época ha puesto en el sitio central de la interrogación sociológica: las emociones, los géneros, la familia, el capitalismo, la globalización y los modos en que la cultura contemporánea ha mercantilizado la intimidad, la emoción y la vida familiar.

 

 

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