El gran arco: La formación del estado como revolución cultural o una historia desde arriba y desde la izquierda

El gran arco: La formación del estado como revolución cultural o una historia desde arriba y desde la izquierda

El libro de los sociólogos Philip Corrigan y Derek Sayer The Great Arch: English State Formation as Cultural Revolution (Nueva York, Blackwell, 1985) resulta un hito en los estudios de la formación histórica del estado. Con un título prestado de E. P. Thompson, que remarcaba la inutilidad de buscar grandes revoluciones en la historia inglesa, analiza la formación del estado inglés en el largo plazo (desde la llegada de los normandos y aún antes) como un largo proceso social, político y fundamentalmente cultural.

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El gran arco (1), se enmarca en los análisis de Marx, Weber y, algo poco usual para académicos de izquierda, de Durkheim, en su intento de encontrar una nueva forma de comprender la relación entre la base y la superestructura, con un fuerte acento en la autonomía de la cultura (el subtítulo aplica la idea de revolución cultural de Mao; los autores, junto con Harvie Ramsay, ya habían publicado en 1979 For Mao. Essays in Historical Materialism, Londres y Basingtoke, MacMillan, 1979).

(1) La revolución burguesa era un “gran arco”, un proceso plurisecular, decía E. P. Thompson en “Las peculiaridades de lo inglés”, Historia Social, n° 18, número especial dedicado a E. P. Thompson, Invierno 1994, pp. 9-60, originalmente publicado en Socialist Register, 1965)

Así, se embarcan en una “inmensamente larga, complicada y trabajosa micro-construcción y reconstrucción de las formas de apropiación del poder” (p. 203)


El libro se puede consultar en el sitio de academia de Derek Sayer

https://www.academia.edu/4328026/Philip_Corrigan_and_Derek_Sayer_The_Great_Arch_English_State_Formation_as_Cultural_Revolution_full_text_


Traducción al castellano

Si bien el libro no se publicó por entero en castellano, una excelente traducción de la introducción y la postdata (que son las partes más difíciles de leer en inglés por su densidad teórica) fue realizada por Tessa Brisac e incluida en María Lagos y Pamela (comp.), Antropologia del Estado. Dominacion y prácticas contestatarias en América Latina, Cuaderno de Futuro 23, Informe sobre desarrollo humano, PNUD, La Paz, Bolivia, 2007.

http://www.bivica.org/upload/antropologia-Estado.pdf

Las citas de esas partes están tomadas de esta versión; el resto son traducciones del libro en inglés.

 


 

Comprender al Estado a través de sus formas culturales

“Lo que este libro se propone es comprender ala vez las formas del Estado en cuanto formas culturales y las formas culturales en cuanto formas reguladas por el Estado”. (p. 43)

Los autores se proponen una reconstrucción de las rutinas y los rituales del mando (rule) que son las que organizan (no causan) la propiedad (de los gobernantes) y la disciplina (de los gobernados), por lo que necesitan legitimarse en el sentido weberiano, y concluir que “la formación del Estado es en sí una revolución cultural”. (p. 44)

Con un rechazo a la idea más gruesa del marxismo del estado como “grupos de hombres armados”, toman de la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel de Marx la idea de “la abstracción del Estado. Como tal pertenece solo a los tiempos modernos, porque la abstracción de la vida privada pertenece solo a los tiempos modernos, “La abstracción del Estado político es una producción moderna”; así, sintetizan, en una expresión difícil de traducir, que “the state states”,  “los Estados afirman: los esotéricos rituales de una corte de justicia, las formulas de aprobación de una Ley del Parlamento por el rey, las visitas de inspectores de escuelas son otras tantas afirmaciones. Definen, con gran detalle, las formas e imágenes aceptables de la actividad social y de la identidad individual y colectiva; regulan, de maneras que se pueden describir empíricamente buena parte de la vida social, incluso en el siglo XX. En este sentido, el ‘Estado’, realmente, nunca para de hablar”. (pp. 44-45)

Esto es lo que Corrigan y Sayer llaman la regulación moral, un proyecto para hacer natural e ineludible a la vida (es decir, obvio) lo que en realidad son premisas históricas de construcción del orden social. Así, el estado se legitima con un ethos moral específico. Como proyecto totalizante, crea una comunidad ilusoria (en el sentido de Marx) y forma una nación para diferenciarse de los otros, los extranjeros (Comunidades imaginadas, de Benedict Anderson, se había publicado en 1983) y, tanto o más importante, del llamado enemigo interno.

Las rutinas y los rituales del estado alcanzan en el libro un fuerte peso material y se convierten, como decía el historiador Herbert Butterfield al analizar la interpretación liberal de la historia en “parte del paisaje de la vida inglesa, lo mismo que nuestros caminos rurales, nuestras nieblas de noviembre o nuestros albergues históricos” (The Whig Interpretation of History, 1931).

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El aporte de Durkheim (al que consideran un autor casi negado por la izquierda, probablemente porque su enfoque sociológico venía de su conservadurismo ante el fenómeno de la sociedad moderna) se puede resumir en una cita de las Leçons de sociologiephysique des moeurs et du droit:

“Veamos cómo se puede definir el Estado. Es un grupo de funcionarios sui generis dentro del cual se definen representaciones y actos de voluntad que involucran a la colectividad, aunque no sean el producto de la colectividad. No es correcto decir que el Estado encarna la conciencia colectiva porque esta la rebasa ampliamente. Las representaciones que provienen del Estado siempre son más conscientes de sí mismas, de sus causas y sus metas. Fueron elaboradas de una manera que es menos opaca. La instancia colectiva que las planea entiende mejor de qué se trata… En rigor, el Estado es el órgano propio del pensamiento social (pues el Estado) es sobre todo, en grado supremo, el órgano de la disciplina moral”.

A riesgo de exagerar con las citas, una de la Sociología histórica de Philip Abrams (más conocido entre nosotros por su Antropología del estado), que toma a Durkheim para su análisis, merece reproducirse:

“El Estado, entonces, no es un objeto a la manera de la oreja humana. Ni siquiera es un objeto a la manera del matrimonio humano. Es un objeto de tercer orden, un proyecto ideológico. Es, primero y sobre todo, un ejercicio de legitimación: y cabe suponer que lo que se legitima es algo que, si se pudiera ver directamente como es, seria ilegitimo, una dominación inaceptable. Si no, ¿Para que tanto trabajo legitimador? El Estado, en suma, es una apuesta para lograr apoyo o tolerancia a lo indefendible e intolerable, presentándolo como algo distinto de lo que es. 0 sea, como una dominación desinteresada, legítima. El estudio del Estado, visto así, empezaría por el estudio de la actividad esencial implicada en una visión seria del Estado: la legitimación de lo ilegítimo”.

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La propuesta de Corrigan y Sayer de estudiar al Estado “desde arriba” no era tan fácil de defender ya en los 1980s, sobre todo porque podía terminar (al analizar la lógica de la intrincada maquinaria estatal y la regulación moral) en la reproducción de la coherencia que la misma burguesía había construido. La justificación:  “Intentamos, con un enfoque materialista, sacar en limpio cómo lo que llegó a recibir el nombre de ‘maquinaria del gobierno’ se moraliza”, (p. 54), cómo el Estado llegó a constituirse en algo impersonal, en lo que Hobbes llamaba Mortal God (Leviathan es, como una fuerza irresistible, “the mortal god, to which we owe under the inmortal God, our peace and defence”). Y una cita de El Estado Absolutista (1974) de Perry Anderson remata la idea de la necesidad de mirar la historia desde arriba cuando se estudia el Estado:

“Un ultimo comentario podría ser necesario, en cuanto a la decisión de tomar al Estado mismo como tema de reflexión. Ahora que la ‘historia desde abajo’ se ha vuelto el santo y seña tanto en los círculos marxistas como en los no marxistas y ha producido enormes avances en nuestra comprensión del pasado, es, sin embargo, necesario recordar uno de los axiomas básicos del materialismo histórico: que la lucha plurisecular entre las clases se resuelve en última instancia en el nivel político, no en el nivel económico ni cultural de la sociedad. En otras palabras, es la construcción y la destrucción de los Estados lo que sella los cambios básicos en las relaciones de producción, mientras existan las clases. Una ‘historia desde arriba’, historia de la intrincada maquinaria de la dominación de clase, sigue siendo por lo tanto no menos esencial que la ‘historia desde abajo’: en realidad, sin aquella, esta ultima termina siendo (aunque desde el lado bueno) unilateral”.

A la manera de la propuesta de E. P. Thompson de “el gran arco”, el libro de Corrigan y Sayer se desplegará en grandes ondas de cambios revolucionarios significativos en la formación del estado inglés (no británico): 1) el momento Normando/Angevino, 2) el momento Tudor de los 1530s y la consolidación isabelina, 3) las guerras civiles del siglo XVII, 4) la consolidación del capitalismo industrial a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, 5) los 1830s, el “Terror inglés” contra la clase obrera, y 6) el Socialismo al estilo inglés a partir de los 1880s.


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Un Estado extraordinariamente centralizado: La formación del Estado en la Inglaterra medieval

En 1960, el general de Gaulle, en su discurso antes las dos Cámaras de Inglaterra en Westminster, se hizo una pregunta respecto de la historia del país que visitaba: “En los peores momentos, ¿quién alguna vez impugnó la legitimidad o la autoridad del Estado?”. Esa legitimidad de la que hablaba de Gaulle se basaba, en buena medida, en la antigüedad del estado.

Marc Bloch, en La sociedad feudal, marcaba con insistencia esa antigüedad del estado inglés en el Medioevo (que él creía debido a una inusual colaboración entre las clases propietarias, fueran aristocráticas o burguesas), que databa, al menos, del siglo XI, con dos características: 1. Era el estado central más antiguo de Europa y 2. Desde un principio había comenzado como estado central. A esta caracterización, Corrigan y Sayer le agregan una tercera: la extrema flexibilidad del estado inglés en su historia.

Si bien pueden encontrarse antecedentes en la centralización en las monarquías sajonas (como su capacidad de cobrar impuestos, la red de fortalezas reales y la división administrativa en condados y la figura de Alfredo el Grande), la gran revolución llegará con la invasión normanda de 1066. El impresionante registro realizado por Guillermo el Conquistador en 1086 tuvo un impacto tal que, en el siglo XII, cambió el nombre de Libro de Winchester (donde estaba el tesoro real) a Domesday Book (Domesday es la palabra del inglés medieval para indicar el Doomsday, es decir, el Día del Juicio Final en que Dios no sólo les va a pedir las cuentas de sus pecados a todos los humanos sino que nadie podrá evadir esta operación divina).

Richard FitzNeal escribió en su Dialogus de Scaccario (circa 1179): for as the sentence of that strict and terrible last account cannot be evaded by any skilful subterfuge, so when this book is appealed to … its sentence cannot be quashed or set aside with impunity. That is why we have called the book ‘the Book of Judgement’ … because its decisions, like those of the Last Judgement, are unalterable.

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Los normandos establecieron una administración basada en el sheriff y, quizá, más importante, en el Justice of the peace, que impartía justicia en nombre del monarca y no de los nobles, algo inusual en la Europa de entonces. La corte, por otro lado, no era itinerante y la oficina del Tesoro (2) centralizado en Winchester.

(2) El Exchequer, el nombre que todavía tiene el Ministerio de Economía inglés, era una entidad que, sobre una especie de tablero de ajedrez, les daba a los que pagaban los impuestos una nota, un check, de ahí el nombre de cheque)

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La institución del Parlamento inglés de origen germánico es, por otra parte, antigua y de alto perfil. Después de hacerle firmar la Magna Carta en 1215 a Juan sin Tierra (que volvió a emitirse en 1216, 1217 y 1225 y fue confirmada por los sucesores), se convirtió en una institución “combativa”. Cada rey débil era seguido por una nueva concesión, como las Provisiones de Oxford de 1258 (la Magna Carta II, instigada por Simon de Monfort) con Enrique III. Pero aun con un rey poderoso como Eduardo I, el Parlamento convirtió sus reuniones en algo casi habitual. Más concesiones llegaron con el reinado de su débil y trágico hijo Eduardo II y esa Magna Carta III que será el Estatuto de York de 1322. Si bien su hijo Eduardo III fue un rey fuerte, tuvo una mala idea: iniciar la guerra de los Cien Años. Si el triunfo épico en Crécy sobre los franceses en 1346 lo convirtió en un héroe, el gasto de la guerra lo llevó a depender del apoyo del Parlamento para poder cobrar sus altos impuestos; hábil como era, Eduardo III desarrolló, junto con la guerra, un régimen parlamentario como parte de sus reformas gubernamentales y administrativas. Además, tuvo mala suerte: la peste negra de 1348 lo obligó a depender todavía más del Parlamento. Justamente, Geoffrey Elton, en su The Tudor Revolution in Government: Administrative Changes in the Reign of Henry VIII, señaló a los 1340s como los años del gran cambio en el rol del Parlamento inglés.

El Parlamento inglés tuvo, casi desde un principio, características muy modernas. La representación (y era extraordinariamente representativo para la Edad Media) no se organizó en torno a los estamentos sino a los territorios, mezclando nobles con burgueses emergentes. Nada parecido a los Estados Generales.

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La common law, ese corpus tan peculiar de los ingleses que no seguía al derecho romano continental, también fue muy antigua. La compilación conocida como las Leyes de Enrique I, el hijo de Guillermo el Conquistador que sucedió a su hermano Guillermo Rufus en 1100, data de 1118. Los reyes normandos, además, lograron imponer las Courts d’assises que traían de su tierra, una corte de apelación envuelta en casos criminales. Esto ocurrió claramente con el atribulado Enrique II, momento en que el sistema legal ya cobró identidad por sus procedimientos. Con Enrique III (el mismo que firmó las Provisiones de Oxford) llegó “la edad dorada del juez que hace ley”; mientras concedía poder político al Parlamento, el rey lograba que los jueces de paz reales emitieran cientos de sentencias. La figura del juez de paz es crucial para comprender la fuerza del temprano estado inglés; eran figuras que combinaban lo central (eran comisionados por la corona y vigilados de cerca por el Consejo del Rey) con lo local (se los elegía de los rangos más altos de cada lugar).

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Como resultado, como dicen Corrigan y Sayer “para fines de la edad media las formas institucionales y las tradiciones políticas que se habían construido en Inglaterra la volvieron singular en varios aspectos y sentaron los precedentes para las revoluciones de los siglos XVI y XVII”. (p. 42)


 

El reino de Inglaterra es un Imperio: la revolución de los 1530s

El periodo Tudor ha sido generalmente desatendido por la historiografía marxista (con la excepción de Christopher Hill, el gran historiador del siglo XVII, El mundo trastornado. El ideario popular extremista de la Revolución inglesa del siglo XVII) e incluso por Perry Anderson, que llamó al estado Tudor “un absolutismo infante”. Si bien Corrigan y Sayer no lo definen como estado burgués, pues está lejos de serlo, sí indican que se sentaron las bases del mismo en el futuro.

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El argumento de la Guerra de las Dos Rosas como lápida para la nobleza y el feudalismo inglés es conocido. Y también lo es la importancia de la peculiar reforma protestante de la mano de Enrique VIII para fortalecer a la monarquía. En esto, los autores abrevan en Elton (el concepto fundamental de los Tudor es el de la soberanía nacional), Hill (la reforma anglicana, con su nombre revelador y su falta de cambios en la doctrina de la Iglesia católica, es un acto de estado) y Sir Lewis Namier (la Iglesia en el siglo XVI era una forma de expresar el nacionalismo).

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El monarca ejerce un fuerte poder de la propaganda a través del púlpito (cuándo la prensa reemplazará el púlpito reflexionaba Stendhal en Rojo y Negro para la Francia del siglo XIX). Un lugar especial ocupan las Leyes de Traición de 1534 (el  mismo año que la Ley de Supremacía) y 1536.

Son culpables de alta traición los que “do maliciously wish, will or desire by words or writing, or by craft imagine, invent, practise, or attempt any bodily harm to be done or committed to the king’s most royal person, the queen’s or the heirs apparent [Elizabeth], or to deprive them of any of their dignity, title or name of their royal estates, or slanderously and maliciously publish and pronounce, by express writing or words, that the king should be heretic, schismatic, tyrant, infidel or usurper of the crown…


 

La consolidación Isabelina

Si bien no fueron revolucionario en cuanto a cambios, los 45 años del reinado de Isabel I llevaron a la “consolidación conservadora” de las transformaciones operadas durante los 38 años de la monarquía de Enrique VIII. La bula de Pio V Regnans in Excelsis de 1576, por la que se excolmulgaba a la reina y se llamaba a los católicos a rebelarse, fue crucial en la construcción del nacionalismo de estado inglés.

Pío, Siervo de los Siervos de Dios, para el recuerdo perpetuo de los hechos.
El que reina en las alturas, a quien todo el poder se le ha dado, tanto en la tierra y en el cielo, los ha confiado solos, es decir, que Pedro, Príncipe de los Apóstoles, el cuidado de gobernar, la Iglesia Católica, una y Santa,  fuera de la cual no hay salvación.
Él lo ha constituido únicamente sobre todas las naciones, y sobre todos los reinos, que debe arrancar de raíz, destruir, plantar de nuevo y edificar, a fin de que continúe en la unidad del Espíritu Santo, y que debería entregar al Salvador, seguro y libre de todo peligro, el pueblo fiel, unidos en el vínculo de la caridad mutua.
Pero los números de los impíos han usurpado el poder por lo tanto,  no hay lugar en el mundo que no han tratado de corromper con sus doctrinas perversas. Entre otros, Isabel, la sirvienta de la delincuencia, y fingida Reina de Inglaterra, les ha ofrecido un asilo en el que se encuentran refugio.
Esta misma Isabel, después de apoderarse del trono de Inglaterra ha usurpado la autoridad del jefe supremo de la Iglesia.  Ha mostrado uso de esta facultad y jurisdicción, y ella ha vuelto a emitir por el camino de la perdición y despreciable que ella reina, una vez dedicado a la fe católica y el destinatario de sus bendiciones.
Elizabeth ha destruido el culto de la verdadera religión, que fue anulada por Enrique VIII, y que la legítima reina María, con encomiable  respeto de la posteridad, había logrado en el establecimiento por los esfuerzos de su poderosa mano propia, y con la asistencia de la Santa Sede.  Elizabeth, abrazando después los errores de los herejes, no ha considerado el Consejo Real de Inglaterra, integrado por la nobleza inglesa  y los ha reemplazado con los herejes oscuros. Ella ha oprimido a los que cultivan la fe católica, y los ha sustituido por los oradores del mal y los ministros de la impiedad.  Se ha abolido el sacrificio de la Misa, la oración, el ayuno, las distinciones de la carne, el celibato y los ritos católicos. Se ha ordenado a la circulación de libros que contienen un sistema de herejía manifiesta, y de los misterios impíos.  Se ha ordenado a sus súbditos a recibir, observar,y preservar  preceptos que se ha adoptado de Calvino.  Ella se ha atrevido a decretar que los obispos, rectores de iglesias, y los sacerdotes católicos y otros, a ser expulsados ​​de sus iglesias y privados de sus beneficios. Se ha dispuesto de ellos y de otras cosas eclesiásticas a favor de los herejes, y ella también ha decidido tomar  decisiones  que justamente le pertenece sólo a la Iglesia.
Por lo tanto, con el apoyo de la autoridad de Aquel quien se nos ha llamado al trono, a pesar de que ser indignos de tal cargo, en nombre de la autoridad apostólica, declaramos a  Elizabeth una hereje, y socorrista y fautor de herejes, y que sus adherentes, en los citados actos aborrecidos han incurrido en la pena de anatema, y están separados de la unidad del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. La monarca cabalista Isabel I, en cuyo funeral se escuchó un horrible lamento al ser sepultada.
Y por otra parte declaramos que está privada de su pretendido título, de la corona antes mencionada y de todo señorío, dignidad y privilegio alguno.Y también declaramos que los nobles, los temas y las personas de dicho reino y todas las otras personas que tienen de ninguna manera juramentos a ella, para ser por siempre absuelto de tal juramento y de cualquier obligación derivada de señorío . lealtad y obediencia ; y lo que hacemos, por la autoridad de estos regalos , así que les dispensa y así privar a la misma Elizabeth de su título pretendido la corona y el resto de lo anterior, dijo asuntos. Cobramos y ordenamos todo y singular de los nobles , los temas , los pueblos y otros anteriormente dijeron que no se atreven a obedecer sus órdenes, mandatos y leyes. Aquellos que actuará en sentido contrario que incluimos en la oración como de excomunión. Debido a que en verdad puede resultar demasiado difícil de tomar estas presenta dondequiera que será necesario, vamos a que las copias realizadas bajo la mano de un notario público y sellados con el sello de un prelado de la Iglesia o de su jurisdicción poseerá dicha la fuerza y la confianza dentro y fuera de los procedimientos judiciales , en todos los lugares entre las naciones, como las presentes serían ellos mismos tener si se exhibieron o muestran .
Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 28 de febrero, en el año 1576, y sexto de nuestro pontificado.

La monarca cabalista Isabel I, en cuyo funeral se escuchó un horrible lamento al ser sepultada.

La Imaginería en torno a la Reina Virgen (o Gloriana, God Queen Bess, Pandora, Cynthia, Astrea) cimentó a la monarquía como sinónimo de la nación inglesa (hombres y mujeres soñaban con ella y se dirigían a intérpretes para que les explicaran su significado). Las obras de Shakespeare se conjugaron con The Faerie Queen (La Reina Hada), el poema épico de Edmund Spenser, para darle a Isabel una consideración de semidiosa.

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Además de los símbolos y alegorías, otros cambios le dieron más poder al estado. Se produjo una desmilitarización de la nobleza, que comenzó a dedicarse cada vez más a la administración y, sobre todo, a la educación en las public universities (ese nombre extraño que tienen Cambridge y Oxford). El último de los grandes castillos (Kenilwoth) se construyó a mediados de los 1570s y ya era un anacronismo. La reorganización de la milicia se había vuelto una tarea totalmente en manos de la monarquía.

La tipificación y jurisdicción de los delitos fue también revelador de la “consolidación conservadora”. La brujería (común en el mundo preindustrial aunque no así su cacería) pasó a ser un delito estatal, en manos de una institución que desarrolló cada vez más (en cuanto a la eficacia del dolor) la tortura.

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Quizá para la consolidación del capitalismo resultó más importante la regulación económica que se expresó en las Poor Laws de 1597 y 1601. Este sistema de asistencia a los pobres (que existió hasta el surgimiento del Estado de Bienestar en el siglo XX y fue abolido en 1948), y que se llama la Poor Law antigua (hasta su fuerte modificación en 1834) le dio más consistencia a las erráticas leyes de pobres medievales (la primera fue emitida en 1349 por Eduardo III a raíz de la peste negra). La reforma anglicana había quebrado el poder de los monasterios, que eran los que se ocupaban de pobres y mendigos. En 1530,durante el reinado de Enrique VIII, se había aprobado una proclamación que describía la ociosidad como la “madre y raíz de todos los vicios”. Asimismo, ordenaba que los azotes debían reemplazar a los cepos como castigo para los vagabundos. La situación de los pobres no discapacitados empeoró con Eduardo VI; en 1547 se aprobó una ley por la cual los vagabundos fueron sometidos a algunas de las más extremas provisiones del código penal, como dos años de servidumbre y el marcado con una “V” como penalidad por la primera ofensa y la muerte por la segunda; sin embargo, los juzgados de paz fueron reacios a aplicar la pena completa.​ El gobierno de Isabel también se inclinó, en un principio, por la severidad. Una ley de 1572 ordenó que las orejas de los delincuentes fueran perforadas de tratarse de su primera ofensa y, de ser reincidentes, fueran ahorcados; sin embargo, la ley estableció una clara distinción entre los “mendigos profesionales” y aquellos desempleados por causas ajenas a su voluntad.

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Al final de su reinado, Isabel I cambió su actitud hacia la miseria. El primer código completo de ayuda a los pobres fue la Ley de 1597, mientras que la Poor Law Isabelina de 1601 hizo algunas provisiones para los “pobres merecedores”. Los orígenes más inmediatos del sistema de Poor Law isabelino fueron las circunstancias económicas deterioradas en el siglo XVI: inflación y cosechas pobres en el período 1595-1598 causaron que la pobreza aumentara, al mismo tiempo que las donaciones caritativas decrecían tras la disolución de los monasterios y las cofradías religiosas.

Las leyes de pobres isabelinas

La Poor Law isabelina​ de 1601 formalizó prácticas previas de ayuda a los pobres, contenidas en la Ley para la ayuda de los pobres de 1597.​ Creó un sistema administrado a nivel parroquial,​ pagado con la recaudación de tasas locales. La ayuda a aquellos enfermos o muy viejos para trabajar, los denominados ‘pobres impotentes’, se realizaba en la forma de un pago o ítems de comida (‘el pan parroquial’) o vestimenta también conocida como ayuda de exteriores. Algunas personas mayores podían ser albergadas en alms houses parroquiales, aunque estas fueron usualmente instituciones caritativas privadas. En cambio, los mendigos capaces, pero que se negaban a trabajar, fueron a menudo ubicados en Casas de Corrección o incluso fueron objeto de golpes para enmendar sus actitudes. Era relativamente inusual, que hubiera una provisión para los muchos pobres saludables y capaces en las workhouses, dado que la mayoría se desarrollaron después. La Ley de 1601 sostenía que los padres y niños eran responsables por sí mismos, por lo que los padres ancianos debían vivir con sus hijos.​

La Poor Law antigua era un sistema de base parroquial:​ existían unas 1.500 parroquias en el área en torno a una iglesia parroquial. El sistema permitía un comportamiento despótico por parte de los supervisores de pobres,​ dado que estos conocían a sus pobres y podían diferenciar entre aquellos que merecían y quienes no merecían entrar al sistema. La Poor Law isabelina operó en una época en que la población era lo suficientemente pequeña como para que todos se conocieran entre sí, por tanto las circunstancias de las personas serían conocidas y los vagos no podrían reclamar una tasa de pobreza de las parroquias. El sistema proveía estabilidad social, necesaria para hacer frente a los incrementos de población,​ mayor movilidad y variaciones regionales de precios.

La Ley de 1601 buscó lidiar con los pobres ‘establecidos’ que se habían encontrado temporalmente sin trabajo y se suponía que aceptaría ayuda. Ningún método de beneficencia era visto en la época como duro. la Ley debía lidiar con los mendigos que eran considerados una amenaza para el orden civil. Este ley fue aprobada en un momento cuando la pobreza era considerada necesaria como temor para las personas que trabajaban. En 1607, una Casa de Corrección fue establecida en cada condado; sin embargo, este sistema fue separado del sistema de 1601 que distinguía entre los pobres establecidos y los vagabundos. Existía gran variación en la aplicación de la ley y se presentó una tendencia de los indigentes a migrar hacia parroquias más generosas, usualmente situadas en los pueblos. Esto llevó a la Ley de asentamiento de 1662, también conocida como la Ley de ayuda a los pobres de 1662, que permitía la ayuda solo a los residentes establecidos en una parroquia; en especial, a través de nacimiento, matrimonio y educación. Las leyes redujeron la movilidad de la mano de obra y desincentivaron a los pobres a dejar su parroquia para encontrar trabajo. Asimismo, promovió la creación en las industrias de contratos cortos para que un empleado no puede convertirse en elegible para recibir ayuda.

Un solicitante pobre tenía que demostrar un “asentamiento”. Si no podían, eran trasladados a la parroquia vecina que estuviera más cercana al lugar de su nacimiento, o donde pudieran demostrar alguna relación. Algunos indigentes fueron trasladados cientos de kilómetros. Si bien cada parroquia por la que pasaban no era responsable de ellos, se supone que les suministraban alimentos, bebidas y alojamiento para, al menos, una noche. En 1697, se aprobó una ley que requería que quienes mendigaran portaran un distintivo de tela roja o azul en el hombro derecho con una letra “P” bordada y la inicial de su parroquia; sin embargo, esta práctica cayó pronto en desuso.

El movimiento de workhouses comenzó a finales del siglo XVII con el establecimiento de la Corporación de Bristol de los pobres, fundada por Ley de Parlamento en 1696. La corporación fundó una workhouse que combinó alojamiento y atención a los pobres con una correccional para delincuentes menores. Siguiendo el ejemplo de Bristol, otros doce pueblos y ciudades fundaron similares corporaciones en las siguientes dos décadas. Dado que estas corporaciones requerían una ley privada, no eran apropiadas para pueblos pequeños y parroquias individuales.

 

En suma, como dijo Elton, en el periodo isabelino aumentó la “densidad del Estado”.


 

El dios mortal entronizado: Una (de las varias) revoluciones burguesas

Las guerras civiles del siglo XVII han sido consideradas como el inicio de la revolución burguesa por la mayor parte de la historiografía marxista (para Christopher Hill, fue decisivo el fin de la burocracia real en 1640, cuando Carlos I tomó la peligrosa medida de convocar al Parlamento, con el Parlamento corto y el que le sería fatal Parlamento largo).

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La crisis de la aristocracia, el ascenso de los puritanos y el radicalismo de los Levellers fueron fundamentales para producir la revolución burguesa, algo que la historiografía ha desarrollado mucho, por lo que los aportes de Corrigan y Sayer no generan mayor sorpresa (al igual que la importancia de las Actas de Navegación de 1650 y 1651 como forma de intervención estatal en la economía).

Pero uno de los aportes sí está en el análisis del cambio de la cultura política, el camino hacia lo que Hill llamó la “visión del Hotel Ritz de la sociedad” (en teoría, todos pueden pasar varias noches allí, aunque sus medios económicos se los impida). El puritanismo religioso se mete en la médula del estado; el adulterio y la fornicación pasan a ser así, en la década de 1650, delitos capitales. La literatura cambia de ritmo y contenido. Spenser deja lugar al Paraíso Perdido de Milton (el libro de Hill, Milton and the English Revolution es admirable en este tema), publicado en 1667, donde los humanos son expulsados del paraíso y sólo les queda el trabajo, y al Robinson Crusoe, de Dafoe, publicado en 1719, con su ejemplo de homo oeconomicus. En todo caso, esta revolución burguesa del siglo XVII no fue completa; fue, según Corrigan y Sayer, un “middling sort”.

El paraíso perdido, Robinson Crusoe y el espíritu del capitalismo de Max Weber

Max Weber, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, comparaba el final de la Divina Comedia de Dante Alighieri (con el poeta con sus aspiraciones completas, sin más deseo que contemplar a Dios) con lo que él llamó “la Divina Comedia del puritanismo”, El Paraíso perdido de John Milton.

“Tómese, por ejemplo, el final de la Divina Comedia en dónde el poeta, en el Paraíso, se queda sin habla en extasiada contemplación de los secretos de Dios, y póngase
a su lado el fin de ese otro poema que se ha dado en llamar “La Divina Comedia del Puritanismo”. Milton concluye el último Canto del “Paradise Lost” de la siguiente manera:
Atrás vuelven su vista en el instante;
Y a la parte oriental de su morada
La espada fulminante
Ven en hondas flamígeras vibrada,
Y su elevada puerta
Con armas centellantes ya cubierta
De tremendos semblantes ocupada.
Verter les hizo lágrimas natura,
. . . Mas la vista de un mundo, que anchuroso
lugares ofrecía a su reposo,
Las enjuga, calmando su amargura;
Aunque errante su paso, y vagaroso,
Asidos de la mano con ternura,
En el Edén por solitaria vía
Siguen la providencia que los guía.
Y, poco antes, Miguel le había dicho a Adán:
Resta sólo que a tu sabiduría
Corresponda en los hechos la energía
De virtud, de paciencia, fe, templanza
Y amor, o caridad después llamada
(Alma de todo), con lo cual dichoso
o te será gravoso
Dejar del Paraíso la morada;
Porque alegre, contento y satisfecho,
Más feliz la tendrás dentro del pecho.
Cualquiera percibe inmediatamente que esta poderosa expresión del
vuelco puritano hacia la mundanalidad — es decir: la valoración de la
vida mundana como misión— hubiera sido imposible en la pluma de
un escritor del Medioevo.

Al final del libro, Max Weber alude a Robinson Crusoe

“Estos poderosos movimientos religiosos, cuya importancia para el
desarrollo económico residió principalmente en los efectos de su
educación ascética, desplegaron en forma regular sus plenos efectos
económicos – en un todo de acuerdo con lo que Wesley expone aquí –
recién después de pasado el cenit del entusiasmo puramente religioso;
después de que el espasmo por la búsqueda del Reino de Dios comenzó
a disolverse progresivamente en una sobria virtud profesional y la raíz
religiosa fue muriendo lentamente para dar lugar a una mundanalidad
utilitarista. Para utilizar las palabras de Dowden, sucedió después de
que en la fantasía popular ‘Robinson Crusoe’ – el hombre aislado
económicamente activo que simultáneamente trabaja de misionero –
ocupó el lugar del “peregrino” de Bunyan que en su íntima
soledad se afana por alcanzar el Reino de los Cielos transitando por el
‘mercado de la vanidad'”.


 

Del Teatro a la Maquinaria: La vieja corrupción

En el periodo que va de la Gloriosa Revolución a los 1780s se produce el triunfo del capitalismo agrario y comercial y comienza la revolución industrial. Una estructura política con muchos problemas, la Old Corruption (que E. P. Thompson definió como el emblema del parasitismo) se mueve de manera paralela a un mundo social y económico dinámico y virtuoso; comienza lo que, también E. P. Thompson, llamó “la fase productiva del capitalismo comercial y agrario” .

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La continuidad del periodo de la Old Corruption con el siglo XVII en materia económica es significativa: el surgimiento del Tesoro como entidad profesional se afianza (aunque siga usando números romanos para sus cuentas) y el Board of Trade aparece como institución clave del capitalismo que nace (aunque Corrigan y Sayer jamás citan a Hobsbawn, merecería alguna mención con su fantástica discusión sobre los orígenes de la revolución, la estopa y la mecha, donde el comercio exterior resulta clave).

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En este capítulo, el libro es deudor de Sir Lewis Namier, cuyo The Structure of Politics at the Accession of George III, nunca fue traducido al castellano, y resulta crucial para entender la política clientelar del periodo. El estado inglés aparece dominado por una oligarquía corrupta que, para suerte del capitalismo, es políticamente Whig (las rebeliones jacobitas fueron finalmente derrotadas en la batalla de Culloden, la última que se libró en suelo inglés en la historia, en 1746).

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En los tiempos en que triunfaba la idea del laissez faire, las relaciones cambiaron decididamente de la vieja idea feudal de tierra de propiedad poco clara y servicios a propiedad privada y trabajo. Una figura clave es la del jurista William Blackstone, cuya publicación de los cuatro volúmenes de los Comentarios sobre las leyes de Inglaterra, a partir de 1765, resulta fundamental para la definición y defensa de la propiedad privada, mientras se están produciendo los cercamientos de las tierras comunales. Por otra parte, la idea de Locke, por la que el gobierno tiene como fin la preservación de la propiedad, le dio un marco de filosofía política conveniente a la nueva era.

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Quizá una de las propuestas más interesantes de Corrigan y Sayer sobre esta nueva ola en la formación del estado es la importancia dada a las actividades represivas, donde sobresalen el Riot Act de 1714 y el Black Acta de 1725.

La represión en el siglo XVIII

La Riot Act de 1714 autorizaba a las autoridades locales a declarar toda reunión de más de doce personas como fuera de la ley, pudiendo proceder en consecuencia a invitar al grupo a dispersarse, y en caso contrario, a recibir los rigores de este edicto. La ley cuyo título-redacción original es : “An act for preventing tumults and riotous assemblies, and for the more speedy and effectual punishing the rioters”, fue consecuencia de los llamados Disturbios o Motines de Sacheverell (1710-1715). Estuvo vigente hasta 1973.

El Black Act de 1723 fue una Ley del Parlamento promulgada en respuesta a los cazadores furtivos de Waltham y a un grupo de bandidos conocidos como los ‘Wokingham Blacks’. Hizo que fuera un delito (castigado con la horca) aparecer armado en un parque natural, cazar o robar ciervos, o estar con el rostro pintado de negro o disfrazado. El Acta Negra se revocó en 1827.

 

En el aspecto represivo resulta especialmente importante la figura del delito. Por un lado, la ejecución pública (el “gran teatro” que describe E. P. Thompson) es aleccionadora para desincentivar a futuros delincuentes. Por otro lado, la policía se vuelve verdaderamente profesional; el establecimiento de Scotland Yard por parte de Robert Peel en 1829 (consulta interesante, The Story of Scotland Yard de Sir Basil Thompson).

La ola revolucionaria del gran arco, con sus grandes pensadores, como Locke, Hume, Ferguson y Bentham, sienta las bases ideológicas para la etapa de la consolidación definitiva del estado capitalista: la de los años 1830s.


 

La cuestión de la clase obrera: Sociedad y sociedad

En una carta al liberal-radical John Bright de 1867, Benjamin Disraeli (3) le decía “La cuestión de la clase obrera es la verdadera cuestión, y es la cosa que realmente demanda ser resuelta”.

(3) Disraeli fue el hombre que modernizó el Partido Conservador e hizo que su programa fuera de apoyo al liberalismo económico; primer ministro, brevemente, en 1878, y entre 1874 y 1880.

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La revolución en el estado inglés de los 1830s está precedida, para Corrigan y Sayer, en lo que llaman el “Terror inglés” (el equivalente social inglés del Terror político de la revolución francesa), un corpus de legislación anti obrera y anti sindical que tiene como objeto disciplinar a la clase trabajadora, que se pone en práctica ente 1780 y 1830, además de represiones sangrientas, como la masacre de Peterloo de 1819. En un proceso en el que ya no sólo se santificaba la propiedad de la tierra sino también a formas más abstractas del capital (como el financiero), el trabajo se volvió una categoría desnuda, descarnada, también abstracta. Así, Inglaterra se dividió entre lo que llaman Sociedad con mayúsculas (la de los propietarios) y sociedad con minúsculas (la de la clase obrera).

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En este mundo aparece una aparente contradicción, como es un estado cada vez más poderoso y la celebración del laissez faire, que cobra forma definitiva cuando los conservadores, con Robert Peel, primer ministro desde  1841, alcanzan el “gobierno tory, programa whig”. La contradicción no es tal, pues se produce una revolución moral que termina de formar el “gran arco” iniciado en el siglo XI (o antes) que encuentra su mejor expresión en la moralización del trabajo, con un endiosamiento de los valores puritanos del esfuerzo y el ahorro. Y, si el siglo XVIII había asistido a esa tensión entre la boyante sociedad y economía frente a la Old Corruption del estado, el siglo XIX fue testigo de la apertura de ese estado a las nuevas fuerzas sociales (algo similar a la república verdadera alberdiana). Es la clase media, que corporiza los valores morales del puritanismo y se convierte en emblema de los cambios, un modelo de vida que la clase obrera debe imitar.

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El imperialismo económico siguió de cerca al imperialismo político; un renovado Board of Trade fue el instrumento para canalizar un materialismo represivo internacional que le mostraba a los ingleses las ventajas (materiales) del imperio en la exposición visual por antonomasia del siglo XIX: la Great Exhibition de 1851. La administración imperial se profesionalizó, por entonces, desde la división del ministerio de 1782 entre el Home y el Foreign Office.

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Dos leyes refuerzan la etapa final del “gran arco”: la enmienda a las antiguas Poor Laws isabelinas, que se produce en 1834, y el estatuto del Banco de Inglaterra. Estos dos hitos fueron señalados por Karl Polanyi en La gran transformación (1944) como jalones clave (junto con la abolición de las leyes de granos de 1846) para la formación definitiva del capitalismo.

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Las viejas leyes de pobres isabelinas se encontraban poco aptas para el mercado de trabajo capitalista que necesitaba una gran oferta de mano de obra; en otras palabras, había que obligar a todos a trabajar y crear lo que Marx llamó “ejército industrial de reserva”, la transferencia de pobres rurales al trabajo industrial de las ciudades. La nueva Ley se basaba en el principio de que la pobreza es un delito y se enmarcaba en una ética paternalista, que David Roberts llamó “autoritaria, jerárquica, orgánica y pluralista” y es descripta por Dickens en Oliver Twist: en el primer capítulo, publicado en Bentley´s Misscellany en enero de 1837, al narrar el nacimiento de Oliver en el reformatorio, que con su primer llanto le anunció a los internos “que una nueva carga se había impuesto en la parroquia” y en el segundo capítulo al contar cómo es enviado a una sucursal del reformatorio, donde 20 o 30 transgresores de las leyes de los pobres rodaban por el suelo todo el día “sin la carga de demasiados alimentos o demasiadas ropas” vigilados por una vieja que recibía siete peniques y medio a la semana por cada uno de ellos, pero la mayoría de este dinero se lo apropiaba. Los niños perecían de hambre, frío, descuido, y así eran “convocados al otro mundo, que se reunían con los padres que nunca habían conocido en este mundo”.

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Ricardo y Malthus sobre las viejas leyes de pobres y la necesidad de cambiarlas
“No es más cierto el principio de gravitación universal que la tendencia de tales
leyes a cambiar la riqueza y el poder en miseria y debilidad; apartan los esfuerzos del trabajo de todo objeto que no sea el de atender a la sola subsistencia; se oponen a toda distinción intelectual; ocupan de continuo la mente en satisfacer necesidades del cuerpo; y así llegará un momento en el que todas las clases sociales se verán infectadas por la plaga de miseria universal (…) para prevenir el desamparo absoluto de aquellos para cuyo beneficio erróneamente fueron promulgadas”. David Ricardo, Obras y correspondencia, Tomo I.
“La transferencia de tres chelines adicionales al bolsillo de cada trabajador no aumentaría la cantidad de carne existente en el país. (…) ¿Cuál sería, pues, la consecuencia? La competencia (…) haría que subiera con rapidez el precio de ella (…), y ese artículo de consumo no se repartiría entre un número mucho mayor de personas que en la actualidad. (…) cuando las subsistencias son escasas en proporción al número de habitantes importa bien poco el que los miembros más pobres de las sociedad posean dos chelines o uno”. Thomas Robert Malthus, Ensayo sobre el principio de la población.

Establecido tempranamente en 1694, el Banco de Inglaterra (llamado de manera reveladora The Old Lady of Threadneedle Street) se reformó en 1844 con la Bank Chart que estableció con claridad la estabilidad monetaria dándole forma definitiva al patrón oro (iniciado en 1704, suspendido con las guerras napoleónicas y ahora bien delineado hasta la salida de Gran Bretaña del patrón oro en 1931).

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Si la época normanda se llenó de inquiries e informes, el siglo XIX estuvo dominado por la estadística, con los censos como modeladores de la sociedad (forman la identidad social, como la inclusión o exclusión del trabajo doméstico como categoría); la Ley de Registro de Nacimientos y Muertes de 1836 fue un hito fundamental. La manía por los números ofreció la cuantificación necesaria para una salida a la cuestión social ; dicen Corrigan y Sayer: “Si la idea estadística proveía los hechos, la solución era la educación”.

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La educación como valor fundamental se modelaba en el comportamiento de la clase media (y ya no la aristocrática) a la que se debía imitar (y, sobre todo, la clase obrera debía imitar). La Sociedad Central para la Educación, creada en 1837, estableció las costumbres a emular, los valores, las virtudes, los hábitos y toda su significación moral; los gastos (que comenzaron a llamarse inversión) en educación terminarían reduciendo, se pensaba, los costos sociales.

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La política que se abría se desplegó en el abanico de reformas electorales con cada vez más (hombres) con acceso al voto. La ley de Reforma Electoral de 1832 fue el principio de una sucesión que continuó en 1867 y en 1884-1885; si en 1831 había 5 millones de electores inscriptos, en 1886 llegaban a ser 28.500.000. El voto, por otra parte, cambió su naturaleza; si el carácter secreto había sido rechazado por mucho tiempo por  considerarlo poco inglés, la Ley Electoral de 1872 estableció este principio. La Ley de Reforma Municipal de 1835, por otro lado, erosionó el poder de la aristocracia a nivel local. El carácter moral de las reformas quedó finalmente sellado en las palabras del liberal William Gladstone sobre la Reforma Electoral de 1867, dirigida a los “fellow Christians, our own flesh and blood”; Gladstone había sido elegido primer ministro en 1866, cargo que ocuparía hasta 1875. Ya no seguía el extraño tándem conservadurismo político-liberalismo económico; ahora el liberalismo primaba en todas sus facetas. Había terminado la formación del “gran arco”

 


 

Epílogo: Ante todo, hay Agencia

“Hay, ante todo, una agencia de la que todos somos incrementalmente dependientes, que es el Estado”, decía Durkheim. Después de terminada la trayectoria del “gran arco”, en los años 1880s, comenzó a aparecer un concepto que parecía extraño: el socialismo. En 1889, la Sociedad Fabiana publicó una serie de Ensayos Fabianos sobre el Socialismo, que proponían el camino hacia este sistema a través de reformas políticas y económicas graduales en vez de la revolución y apoyaban fervientemente el  laissez-faire. En uno de ellos, Hubert Bland remarcaba “esa suerte de reconocimiento consciente o inconsciente del hecho que la palabra ‘estado’ ha tomado connotaciones nuevas y diversas; es que el estado ha cambiado de contenido”, mientras que los trabajadores habían dejado de verlo como un enemigo para pasar a considerarlo un “salvador potencial” (un recorrido fantásticamente descrito por Willard Wolfe en Del radicalismo al socialismo. Hombres e ideas en la formación de las doctrinas socialistas fabianas, 1881-1889); los radicales de los 1830s pasaban a adorar la idea de Improvement a través de la acción del estado.

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La visión que se tenía sobre la pobreza había comenzado a cambiar. Empezaba a imponerse la visión que Beatrice y Sidney Webb tenían sobre la sociedad; Sir William Harcourt, el político liberal, llegó a decir en 1889 “Todos somos socialistas ahora”. Sidney Webb escribía, en su Reform of the Poor Law, en 1890: “Es deseable promover en la vida cotidiana el sentimiento que el ‘gobierno’ no es una entidad fuera de nosotros, sino nosotros mismos organizados para el bien colectivo.

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Con el objetivo de mejorar las condiciones de vida y de trabajo, la Royal Commission on the Poor Laws and Relief of Distress se reunió entre 1905 y 1909; produjo dos informes: el de la Mayoría, más tímido, y el famoso de la Minoría, realizado bajo las ideas de los Webb y, sobre todo, con el esfuerzo y presión de Beatrice Webb. El Informe de la Minoría no estaba lejos del Plan Beveridge de 1942 y resulta uno de los documentos más importantes en la construcción del Estado de Bienestar del siglo XX.

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En 1890, John Rae hablaba de un concepto de estado social, diferente de la idea inglesa del laissez faire, así como de la teoría alemana de intervención gubernamental en State socialism and popular right, donde explicaba que “si somos todos socialistas ahora no es que se haya producido un cambio de principios en la legislación social sino que se ha generado un despertar público de nuestras miserias sociales”. Como contrapartida de las preocupaciones del socialismo fabiano, sectores liberales comenzaron a ver que la única posibilidad de evitar la llegada del socialismo era a través de las reformas sociales.

Comenzaba la era de las masas y la preocupación sobre ellas. El peligro de las masas había sido expuesto más temprano en el siglo XIX. En 1832, el médico Dr. James Kay-uno de los fundadores de la Sociedad de Estadística de Manchester-había publicado The Moral and Physical Condition of the Working Class Employed in the Cotton Manufacture in Manchester, citado por Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra, de 1844.

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La crisis en el concepto del rol del estado de los 1880s fue resultado de la imposibilidad de continuar el control social a través de la educación; fue una novedad y, sin embargo, no fue una ruptura radical.  Los ingleses no tuvieron a un Durkheim, que “inventó” la sociología a partir del miedo a las masas, para tratar de mostrar cómo se podía mantener unida una sociedad caracterizada por un conjunto de seres desiguales. Ni tampoco a un Le Bon y su psicología de la multitud. Tuvieron sí, un fabianismo que–imbuido de darwinismo social–seguía en buena medida a Bentham y al utilitarismo. Lo tuvieron sí a Herbert Spencer, y a su El individuo contra el estado.

La frase de Robert Lowe, el hombre que tanto ayudó a Gladstone, de 1878, parece adecuada para cerrar un libro escrito por dos sociólogos como Corrigan y Sayer: “El futuro es todo para los sociólogos, y me inclino a pensar que esto ocurrirá por un buen tiempo”.


 

Postdata

Weber dijo, en su Historia económica general (1923-1924), que “sólo dentro del Estado nación puede prosperar el capitalismo moderno”, para agregar “Si este desarrollo (el capitalismo racional) solo ocurrió en occidente, hay que buscar la explicación en los rasgos particulares de su evolución cultural que le son propios. Sólo el occidente conoce el Estado en el sentido moderno de la palabra, con administración profesional, cuadros especializados y leyes fundadas en el concepto de ciudadanía … Sólo el occidente conoce la ley racional, hecha por juristas, aplicada e interpretada racionalmente, y sólo en occidente encontramos el concepto de ciudadano”. El sobrio capitalismo burgués encontraba su faceta de clase (y de violencia) en la GrundrisseElementos fundamentales para la crítica de la economía política de Marx, quien señalaba, respecto al papel del estado inglés para abrir camino, desde un principio, a las relaciones capitalistas: “los gobiernos, por ejemplo los de Henry VII, VIII, etc., vienen a ser condiciones para el proceso histórico de disolución [de las relaciones feudales] y creadores de las condiciones para la existencia del capital”. La “expoliación” de los bienes eclesiásticos, la venta de tierras de propiedad del Estado, la abolición de las tenencias feudales y el impulso a los cercamientos, con las leyes contra la vagancia, la regulación de los salarios y la criminalización de las asociaciones de trabajadores, la política colonial,  el proteccionismo, el fiscalismo moderno y la emisión de deuda, que describe en El Capital, llevan a que, a fines del siglo XVII, esos “diferentes impulsos de acumulación primitiva” confluían en “una combinación sistemática”: “Esos métodos… recurren todos al poder del Estado. Tal fuerza organizada y concentrada de la sociedad, para acelerar, como en invernadero, el proceso de transición del modo de producción feudal al modo capitalista, y para abreviar la transición. La violencia es la partera de toda vieja sociedad prefijada de otra nueva. Es en si un poder económico”.

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Corrigan y Sayer citan a Durkheim, el autor “rescatado” para la izquierda: “como lo demostró brillantemente Durkheim en su análisis de las condiciones ‘precontractuales’ implícitas en cualquier contrato (una critica devastadora de Spencer y los utilitaristas),
se requiere una regulación moral generalizada, la organización del consenso”. (p. 66)  En sus propias palabras, “sólo mediante el Estado es posible el individualismo”. (p. 67)

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La excepcionalidad, la peculiaridad más visible en la formación del estado inglés fue “la revolución cultural que lo acompaña”. Uno de estos fenómenos, y de lo más importantes, fue el contar con una clase dominante que, si bien artistocrática en sus formas (donde la cultura dejó al resabio feudal) era profundamente capitalista en el fondo.

El concepto de nación (dicen los autores que nunca fue demasiado popular en Inglaterra, aunque sí fue populista), con su visión maniquea (unidad en lo interno y alienación de lo externo, que también puede ser interno), es parte fundamental de la explicación: “El Estado, en palabras de Marx, es la encarnación ideal de la nación, algo que resulta especialmente cierto en el caso de Inglaterra donde las nociones de la identidad nacional están tan estrechamente ligadas a la historia de la formación del Estado. Sus símbolos y rituales llegan a representar, a expresar, lo que nos deslinda, es decir, en la visión maniquea, lo que nos conforma, lo que nos pone aparte y nos hace lo que somos. Recíprocamente, la deslealtad parece amenazar nada menos que nuestras subjetividades. Lo que aquí es crucial es el entramado de los símbolos trascendentales de la nacionalidad con lo cotidiano, lo ordinario y rutinario, de forma tal que se pueda afirmar que aquellos son representación de eso.” (pp. 80-81)

Corrigan y Sayer hacen una aclaración importante: su insistencia, a lo largo del libro, sobre el contenido cultural de las formas y actividades estatales no es
un argumento a favor del “consenso” en la disputa consenso/coerción, “Más bien se trata del establecimiento violento y la regulación permanente del ‘consentimiento´’, orquestado por esa organización que se arroga, precisamente, el monopolio del uso legítimo de la fuerza física en la sociedad, ‘el Estado'”. (p. 86) De allí que el poder del estado, para los autores, no sea superestructural; con la revolución cultural del capitalismo, “orquestó el interminables proyecto de la regulación moral”. (p. 87) Y siguen con el debate hacia el propio campo de la izquierda: “la formación del Estado como revolución cultural cumple un papel mucho más importante que el que le reconoce habitualmente el materialismo histórico”. (p. 87)

Estas conclusiones tienen varias consecuencias historiográficas. Por un lado, hace necesario dedicar mucha más atención a la larga construcción (y no burguesa) de una nación. El marxismo debería, así, ocuparse más de la revolución de los 1530s y la consolidación isabelina, al igual que a la construcción de un estado nación democrático en el siglo XIX, periodos tradicionalmente “abandonados” a la historiografía liberal y de otras corrientes de derecha. Por otro lado, debería buscarse más en las continuidades, sin pensar que esta visión es una concesión a los historiadores liberales que la han defendido frente al rupturismo tradicional de los marxistas (E. P. Thompson es, claramente, un ejemplo de que esto es posible)

El Estado fue reformado, como lo muestra el libro, de manera periódica y en su conjunto. Por lo tanto “su historia no es una armoniosa evolución (ni el despliegue teleológico de sí mismo) sino la sucesión de ‘ondas largas’ de revolución y consolidación. El problema aquí es la concepción global que tenemos de la ‘revolución burguesa’. Ya es tiempo de enterrar, de una vez y para siempre, la búsqueda de un 1789 inglés. Estamos hablando de un gran arco que cubre siglos y no décadas.  Confiamos que este libro ayudara a replantear la periodización histórica marxista tradicional”. (p. 90), donde son excepciones Hill, Thompson y, desde otro ámbito, Raymond Williams.

Ceder ciertas áreas a los historiadores burgueses, dicen Corrigan y Sayer, no es prudente. En otras palabras, se hace necesaria una historiografía de izquierda de la historia legal, administrativa y constitucional: “Sus minucias demuestran lo que ‘el Estado’ es en lo material, lo cual se opone a las imágenes que el propio Estado proyecta y autoriza; muestran los pernos y las tuercas, el tejido mismo del poder”. (p. 91) Hay que meterse en las minucias, en las formas prosaicas, en las rutinas del mando.

Esto nos lleva a uno de los últimos puntos que los autores retoman: es imposible construir la historia sólo desde abajo. Justamente, el concepto de revolución cultural que se utiliza no viene de la izquierda sino del marxismo y específicamente de Mao.


 

Otros libros de Corrigan y Sayer

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La crítica de Pierre Bourdieu a “El gran arco” de Corrigan y Sayer: una de cal y una de arena

En “Sobre el Estado: Cursos en el Collège de France (1989-1992)” (Barcelona, Anagrama, 2015), Pierre Bourdieu analiza tres interpretaciones sobre la génesis del Estado: las de “El gran arco”, Norbert Elias (monopolio del uso legítimo de la violencia similar al monopolio de un mercado) y Charles Tilly, que encuentra sorprendentemente similar a Elias por la cuestión de la concentración del poder económico.
Sobre “El gran arco”, que sitúa en marcada oposición a Elias y Tilly, tiene halagos y críticas. Reproduzco algunas.
“Hay una bellísima exposición de lo inglés (…) Se encuentra una bellísima exposición en The Great Arch sobre el proceso insensible por el cual el Estado pone poco a poco la mano en todas las manifestaciones públicas, en la publicación, en el devenir público”.
“Corrigan y Sayer dejan de lado todo lo relacionado con la acumulación de los instrumentos de violencia física y del capital económico como hacían Tilly y Elias, lo que les interesa es la revolución cultural que está en el principio del desarrollo del Estado moderno”.
“Es interesante el juego con Durkheim, Marx y Weber-como creo que es preciso jugar para comprender los problemas do Estado, pero de manera confusa”.
“Los autores están probablemente en buena posición para [subrayar ese punto]: ¿por qué la sociedad que hizo la Revolución Industrial es la que más conservó rituales estatales arcaicos? Es un problema muy interesante que presentan y que intentaré generalizar más adelante tomando el ejemplo de Japón. Inglaterra y Japón son dos países ultraconservadores en cuanto a los rituales del Estado – las pelucas, etc. – y al mismo tiempo revolucionarios, en su época, en el plano económico”.

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2 thoughts on “El gran arco: La formación del estado como revolución cultural o una historia desde arriba y desde la izquierda

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  1. No hay que olvidar que la revolución inglesa se hizo algo descafeinada por contraposición a la francesa:ellos eran diferentes. Y todavía presumen de ellos. (Ya se´que simplifico demasiado) jejeje

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