El pánico en la historia: La batalla de Huaqui, el libro de Alejandro M. Rabinovich

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Un rumor hace estallar un miedo irracional. El terror del individuo se transmite a un grupo. El grupo se convierte en una masa enloquecida. Ha estallado el pánico.

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El estudio del pánico en la historia es conocido por los fenómenos financieros, un rapto de locura que produce la “corrida bancaria” y termina generando una crisis grave en el sector real.

Corrida bancaria por el Seamen’s Savings’ Bank durante el Pánico de 1857

Esta irracionalidad en el comportamiento de los grandes grupos humanos llevó a Gustave Le Bon a escribir su influyente “Psicología de las masas “. La fobia a las enfermedades resultó en conductas colectivas tan absurdas como peligrosas ante la llegada de “la peste”. El terror estalló en los Estados Unidos en 1938 cuando Orson Welles lanzó su “broma” por radio acerca de una invasión extraterrestre. Una enfermedad del siglo XXI–el ataque de pánico, esa sensación de un morir inmediato–se vuelve cada vez más común. ¿Qué es el pánico? ¿Cómo podemos entenderlo? El libro de Alejandro M. Rabinovich “Anatomía del pánico. La batalla de Huaqui, o la derrota de la Revolución (1811)”, publicado en Buenos Aires por Editorial Sudamericana en 2017, ofrece una perspectiva más que interesante para estudiarlo históricamente y para analizarlo desde el punto de vista humano y social ante uno de los eventos en los que la muerte se enfrenta de manera más cercana a los actores de la historia: la guerra. 

Si alguien piensa que la historia militar es aburrida y limitada a la descripción de operaciones bélicas de adictos a los soldados de la guerra, se va a sorprender (muy gratamente) con la lectura de este libro.

El libro de Alejandro Rabonovich parte de una paradoja: cuando el ejército patriota (el Ejército Auxiliar del Perú), con el aura y el espíritu de la victoria después de Suipacha, piensa que el futuro le pertenece, es derrotado en Huaqui, de manera sorpresiva. La respuesta: ese misterio que se llama pánico.

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El pánico como concepto surge en la mitología griega

Los antiguos griegos tenían un dios bastante peculiar. Con cuerpo superior de hombre y patas de macho cabrío, con cara avejentada provista de barba y con mentón pronunciado, este dios se llamaba Pan. Protector de los pastores, le gustaba (como a éstos) dormir la siesta, por lo que, si alguien lo despertaba, aterrorizaba a la noche a los rebaños–que huían despavoridos–con gritos extraños. De allí justamente se deriva la palabra griega Panikós (πανικός).

Dios PanFobos (Φόϐος ) era la personificación del miedo. Tenía una naturaleza doble: por un lado guerrera (era hijo de Ares) y por el otro amorosa (su madre era Afrodita). Fobos acompañaba al dios de la Guerra en cada batalla, junto con su hermano gemelo Deimos (Δεῖμος), que simbolizaba el terror.

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La guerra como el espacio de la vida pública

En “La guerra y la paz”, Tolstói definió las dos grandes esferas de la vida humana: la de la guerra correspondía a la vida pública, la de la paz a la vida privada. El libro de Alejandro Rabinovich nos muestra, justamente, el primer aspecto. Para ello utiliza un marco teórico-conceptual muy atractivo, como el provisto por Elias Canetti.

Elias Canetti realizó, en “Masas y poder”, una tipología de estos grupos sociales en apariencia irracionales que terminaban siguiendo a un líder. Y señaló dos cuestiones, que el libro de Rabinovich analiza con profundidad: la necesidad de esta masa, en momentos traumáticos, de seguir a un jefe, y la chispa disparadora del pánico en la fantástica escena del fuego en el teatro:

“Pero quizá pueda suceder que, por la sola representación, no haya existido de ningún modo una masa auténtica. A menudo el público no se siente cautivado, y permanece junto sólo porque ya está allí (…) La percepción del fuego lleva hasta límites insospechados cualquier sentimiento de masa que haya existido entre los espectadores. Ante el inequívoco peligro común aparece un miedo común a todos. Así, durante un
corto espacio de tiempo, existe en el público una masa de verdad. Si no se estuviese en un teatro se podría huir en conjunto, como una manada de animales en peligro, y mediante movimientos sincronizados aumentar la energía de la fuga. Un terror-masivo
activo de esta índole es la gran vivencia colectiva de todos los animales que viven en manadas y que, como buenos corredores, se salvan juntos.

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En el teatro, la masa en cambio debe desintegrarse de la manera más violenta. Las puertas sólo dejan pasar a uno o a pocos hombres a la vez. La energía de la fuga se convierte por sí misma en una energía del rechazo. Entre las filas de asientos sólo puede pasar un hombre, y cada uno está meticulosamente separado del vecino de butaca; cada uno está sentado para sí, cada uno tiene su puesto (…) La repentina orden de huida que el fuego dicta a los hombres se ve confrontada de inmediato con la imposibilidad de un
movimiento común. La puerta por la que cada uno debe pasar, la que ve, en la que se ve nítidamente recortado de todos los demás, es el marco de una imagen que muy pronto lo domina. Así la masa, apenas en su apogeo, debe desintegrarse a la fuerza”.

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La reconstrucción de la estructura del Ejército Auxiliar

Rabinovich desarrolla en su libro un doble enfoque estructural y fenomenológico. En el primero sobresale la reconstrucción de la estructura del ejército que realiza a partir de las “Listas de revistas”, un más que interesante ejercicio a partir de fuentes fragmentarias: un ejército “combinado” de reclutas y voluntarios que reunía 5 regimientos más un escuadrón, compuesto de 68 compañías, con un total de 4.626 efectivos.

Quisiera recordar una magnífica clase en donde Tulio Halperín Donghi se dedicó a analizar dos aspectos de los ejércitos argentinos en el siglo XIX. El primero era el carácter “soviético” del ejército patriota en sus comienzos, el segundo era el peso de la caballería en las guerras civiles.

Copiando el modelo revolucionario francés, el Ejército Auxiliar y Combinado tuvo un liderazgo de doble comando, que Rabinovich muestra como una de sus debilidades: el militar de Francisco Ortiz de Ocampo y el político del jacobino Juan José Castelli, que además se profundizaba porque en la Junta de Observación, que tenía el poder último de decisión, se incluía al segundo del comandante en jefe y al auditor de guerra. En suma, un comando que era un cuerpo colegiado. Esta múltiple toma de decisiones, justamente, fue uno de los puntos flacos que llevaron a las derrotas iniciales del ejército soviético frente a los nazis en la Segunda Guerra Mundial (aparece muy bien en la fantástica reconstrucción de la batalla de Stalingrado en la película “Enemigo al acecho”, dirigida por Jean-Jacques Annaud en 2001, en donde el francotirador soviético Vassili Zaitsev se enfrenta a su homólogo, el mayor König).

La caballería, un poco degradada en alguna visión después de Azincourt, fue un arma crucial en el desarrollo de una campaña militar (todavía en la Operación Barbarossa son más los efectivos movilizados por caballos que los que lo hacen por tanques). Decía Tulio Halperín que el problema de la prosperidad de la provincia de Buenos Aires a partir de la década de 1820 se traducía en que los caballos tenían un uso económico que los alejaba del entrenamiento militar, por lo que sobresalían las caballerías de las regiones relativamente más pobres pero no tanto, en donde había muchos animales, pero que se dedicaban mayoritariamente a la guerra, como Entre Ríos y la Banda Oriental. Justamente, es una vieja caballería, con intercambio entre jinete e infante, que no puede habituarse a la accidentada geografía de Huaqui, totalmente ineficaz en la batalla, donde reside una de las causas de la derrota, como sostiene Rabinovich.

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El historiador en el sitio de los hechos

Para relatar la batalla de Borodino, Tolstói viajó al lugar de los hechos en 1876, mientras escribía “La guerra y la paz”, para poder comprenderlos a través de su geografía. Arnold Toynbee, justamente, señalaba la importancia de visitar los lugares en donde habían ocurrido los eventos y los procesos de la historia para poder explicarlos. En ambos casos el resultado fue admirable. Rabinovich sigue este buen consejo y viaja al sitio de Huaqui para analizar los determinantes geográficos de la batalla, los que describe y estudia, proveyendo al lector de 11 imágenes para que pueda seguir el relato.

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El factor geográfico resulta importante para explicar el desempeño del ejército patriota; reclutado en zonas bajas, tiene que luchar a casi 4.000 metros de altura. En un viaje de La Paz al Desaguadero, paré en Huaqui y empecé a caminar rápido tratando de imaginarme cómo se sentirían los soldados llegados desde Buenos Aires. El soroche casi me mata, de no haber sido por la ayuda de las hojas de coca.

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 La reconstrucción del pánico

Rabinovich realiza, a partir del capítulo 3 del libro, “Un día de combate”, una atractiva narrativa para reconstruir el pánico. La importancia de un cerro (aquí destaca el rol crucial que tiene la altura física, el lugar desde donde se mira y se actúa contra el adversario que está debajo, en una batalla), el efecto del soroche…el chispazo inicial. El pánico comienza cuando se produce el hecho quizá más temido por los combatientes: la pérdida de contacto con el resto del ejército, la frase terrible que dice “nos cortaron”. Y el grito de terror se vuelve más denso cuando no sólo lo realizan los soldados sino también un oficial. En resumen, “El efecto fue instantáneo y devastador como el de una carga eléctrica” (p. 155).

Sin la ayuda del sonido que les hubiera provisto el cañon amigo por la rotura de las piezas de artillería, se produce el desbande. De 1.500 soldados han muerto cinco, pero igualmente huyen (y resulta especialmente importante que en este desbande se incluyan oficiales) “hombres llenos de terror”, “pálidos como cadáveres”, “débiles compañeros macilentos como si fuesen al suplicio” (p. 165). La tropa huye por un agente que siembra el pánico, no porque sea perseguida por el enemigo. Se cree, falsamente, que los realistas asesinan a los prisioneros. Y finalmente los dispersos se convierten en desertores, con saqueo y pillaje que enajena a la población local. El desbande es total.

Rabinovich muestra que, si bien el igualitarismo de Castelli al proclamar el fin de la servidumbre indígena en Tiahuanaco el 25 de mayo de 1811 fue importante para producir la alienación de la élite altoperuana, el resultado de la batalla representó un factor más accidental pero determinante para explicar el fin de la adhesión a la causa de Buenos Aires.

La reconstrucción de un evento resulta particularmente bienvenida. El uso de fuentes es impecable. Se trabaja a dos puntas: con fuentes patriotas y fuentes realistas. La causa del Desaguadero, que se abre el 4 de diciembre de 1811 y donde son juzgados los potenciales culpables de la derrota, ofrece una especie de Roshomón con distintas visiones de lo ocurrido. Fuentes nuevas de archivo y un uso extenso de las publicadas en la impresionante Biblioteca de Mayo, obra de 17 volúmenes y 20 tomos emprendida por iniciativa del Senado de la Nación por el sesquicentenario de la Revolución de Mayo.

Una lectura apasionante, no sólo para los historiadores sino también para el público más general por la buena articulación y atractivo lenguaje con que se presenta esta pequeña y gran historia. Un ejemplo para la historia académica que intenta resultar más accesible; el libro alcanza un gran equilibro navegando en dos aguas al mismo tiempo: una lectura paralela para los especialistas (discusiones historiográficas, cuestiones de fuentes) y para los que no lo son (un buen relato).

 

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El otro lado de la historia: la visión de la historiografía boliviana de los hechos

La recolección del tesoro de Potosí por las tropas al mando de Juan Martín de Pueyrredón es vista como un saqueo.

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En una obra que intenta mostrar una visión propia boliviana de la independencia de Bolivia, el historiador José Luis Roca describe el “saqueo” en el capítulo “Pueyrredón y el tesoro de Potosí”, “Ni con Lima ni con Buenos Aires. La formación de un Estado nacional en Charcas”, La Paz, Plural Editores, 2007.

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El contexto de la historiografía militar

Rabinovich enmarca su análisis general en lo mejor de la tradición historiográfica militar, como es el aporte de Sir John Keegan. Keegan, el historiador británico tan agudo como polémico por sus posiciones políticas conservadoras (si bien se declaraba pacifista “en un 95%”, con el 5 % restante apoyó las guerras contra Vietnam, Irak y Serbia). Keegan fue muy prolífico; escribió tanto (y tan bien), que hasta se tradujeron varias de sus obras al castellano: “Historia de la guerra”,  “La máscara del mando. Un estudio sobre el liderazgo”, “Seis ejércitos en Normandía”, “Operación Barbarroja”, “Waffe S.S. Los soldados del asfalto”, “Dien Bien Phu”, “Secesión. La guerra civil americana”, “Inteligencia militar. Conocer al enemigo desde Napoleón hasta Al Qaeda”.

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Hay otro libro que, con un título revelador, es el que resulta más sobresaliente para entender el enfoque sobre Huaqui en el conjunto de la historiografía militar: “El rostro de la batalla”. Allí Keegan desarrolla de manera magistral un estudio comparativo de tres combates diferentes: Azincourt (aquel en donde la infantería destrozó a la caballería), Waterloo (donde las dos armas actuaron de manera conjunta) y el Somme (cuando la trinchera mostró los inicios de la guerra moderna). En vez de estudiar las batallas desde la estrategia del alto mando, Keegan lo hizo poniéndose en la piel de los soldados que arriesgaban la vida. Como dice Rabinovich: “En ‘El rostro de la batalla’, Keegan propuso un método que haría escuela: dejar de centrarse en la estrategia y las maniobras concebidas por los generales y pasar a ocuparse de las prácticas concretas de los combatientes” (p. 15). En este libro, Keegan logra comprimir tres momentos tan distintos en la historia para estudiar un elemento que los vuelve un lugar común: el espíritu del hombre de armas frente al grave peligro, cuando entran en conflicto los sentimientos del deber, la jerarquía, el patriotismo, el honor y el más humano de la supervivencia. ¿Por qué algunos optan por la cobardía y otros por la proeza? Justamente aquí se desata el pánico.

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Otro aporte historiográfico importante es el de la polemología, que estudia la guerra no como la diplomacia militar de la ciencia política sino como un fenómeno sociológico. Gaston Bouthol, autor de “Histoire de la sociologie”, es el exponente más conocido y su perspectiva es utilizada con éxito en “Anatomía del pánico”.

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La reconstrucción de una batalla desde la literatura: la mirada de la derrota

León Tolstói y Stendhal realizaron reconstrucciones de grandes batallas, con el objetivo de mostrar algo que iba más allá de las operaciones militares: el alma humana que se plasmaba en ellas. Tolstói realizó dos grandes ejercicios narrativos en “La guerra y la paz” con un tono dramático: Austerlitz y Borodino. Stendhal, en “La cartuja de Parma”, privilegió una combinación de dramatismo y comicidad. Ambos, sin embargo, escribían su versión de la historia desde una perspectiva similar: la del bando derrotado. Esta intersección le brinda a ambos relatos una perspectiva común que se despliega en la pregunta de por qué ocurrió el desastre.

Orlando Figes ha dicho con certeza que: “Aunque es evidentemente una novela, La guerra y la Paz puede entenderse, en otro nivel, como el intento de un novelista por comprometerse con la verdad histórica”. Fogueado en Crimea (otra derrota rusa) Tolstói transforma su original interés por el mundo militar en obsesión (interesados en este tema, ver el posteo “La idea de la historia según León Tolstói”). En la reconstrucción de Austerlitz, el escritor ruso–cuya vocación inicial, hasta que se decepcionó de la “historia académica” fue la de ser historiador–comienza a cambiar su posición respecto del rol de los grandes hombres en el curso de la historia: aunque los generales piensan que pueden predecir el desenlace de un combate, las decisiones parten de “cien millones” de contingencias; el caos embarga el escenario y se expresa en la figura atontada de Andrei Bolkonsky.

En Borodino, Tolstói termina de plasmar su nueva idea de la historia e indaga más en el impacto que en el alma humana producen las miserias de la guerra.

Guerra y Paz, Tolstoi 1869. La batalla de Borodinó es uno de los principales acontecimientos históricos en torno a los que gira gran parte de la novela y es detallada minuciosamente por Tolstoí. Tuvo lugar el 7 de septiembre de 1812. Pintura de Louis-François Lejeune.

La reconstrucción que Tolstói hizo de Borodino es impresionante. Pierre Bezukhov vaga como espectador y espera encontrar el tipo de escena de una batalla bien ordenada que se ha visto en las pinturas y leído en los libros de historia. En su lugar, encuentra el caos: ‘Todo lo que Pierre vio a uno y otro lado era tan confuso que, mirando hacia la izquierda o la derecha sobre el paisaje, no pudo encontrar nada que estuviera a la altura de sus expectativas. En ninguna parte había un campo de batalla como había buscado ni el tipo de cosas que había esperado; no había nada más que campos comunes, claros, tropas, maderas, hogueras humeantes, pueblos, montículos de tierra y pequeñas corrientes de agua. Aquí había un paisaje vivo, e intentó como pudo distinguir algún posicionamiento militar. Ni siquiera podía decir quiénes eran nuestros soldados y cuáles los de la de ellos’. (Vol. III, libro II, cap. 21)

Henri-Marie Beyle, Stendhal, estaba obsesionado con Napoleón (el registro que hace del bonapartismo popular en “Rojo y negro”, con el fanático Julien Sorel, es sublime). En “La cartuja de Parma” desarrolla esta obsesión con otro fanático seguidor, el joven patricio italiano Fabricio Valserra, marchesino del Dongo, en las partes tercera y cuarta del libro. Y esta adoración aparece en la batalla que termina con el ser adorado: Waterloo. (Gracias Alejandro Fernández)

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Fabricio es de una torpeza tan enternecedora como enervante. El “héroe”, como sarcásticamente lo define Stendhal, entra a pelear en Waterloo cambiando su identidad y comprando un uniforme. El entusiasta guerrero se pasea como en una aventura inocente frente a la cual aparecen los horrores de la guerra: los heridos, las mutilaciones, los muertos. Los diálogos que entabla el aprendiz de soldado (que confunde nombres y hasta se le pasa la figura de Napoleón sin darse cuenta porque se había emborrachado)  son magistrales: “- Señor, es la primera vez que asisto a una batalla –dijo por fin al sargento-, pero ¿esto es una verdadera batalla?
– Y tanto. Pero usted ¿quién es?
– Soy hermano de la mujer de un capitán”.

La conclusión de Stendhal sobre la guerra no difiere mucho de la Tolstói: no reina la gloria sino el crimen (la derrota es atribuida a la traición), no impera el patriotismo sino el egoísmo en el desbande: “La guerra no era, pues, ese noble y unánime vuelo de almas amante de la gloria, que se habla figurado, leyendo las proclamas de Napoleón”, “Los soldados corrían de un lado a otro en una confusión que sorprendió a nuestro héroe; creyó ver que estaban muy deprimidos.
-¿Qué pasa? preguntó a la cantinera.
-Nada. Que estamos perdidos, hijo mío; la caballería
prusiana nos acuchilla; nada más que eso.” Fabricio, cuya idea de la guerra era la de las descripciones militares tradicionales, se pregunta “¿He asistido realmente a una batalla?” “lo que habla visto ¿era una batalla?, y en segundo lugar, ¿esa batalla era Waterloo?”


Juan Domingo Perón y la historia de la guerra

Resulta imposible comprender el pensamiento de Perón sin analizar la influencia que sobre él tuvieron el ser profesor de historia militar y el leer algunas de las obras cumbres de la historia de la guerra. “He estudiado mucho la guerra en mi vida (…) he sido durante más de 10 años profesor de esa materia en la Escuela Superior de Guerra. ”

En 1931, Perón comienza a enseñar Historia Militar (el nudo de la materia es Estrategia) como profesor en la Escuela Superior de Guerra, a la edad de 34 años. En 1931, la Biblioteca del Oficial publica su obra  “El frente oriental de la guerra mundial en 1914. Operaciones en la Prusia Oriental y la Galitzia, Tannenberg, Lagos Masurianos, Lemberg”. Sin duda Tannenberg (y la acción de Hindenburg) resultaba un evento atractivo para un estudioso de la guerra. En este trabajo, cita a Carl Von Clausewitz, cuya obra “De la guerra” había sido publicada en 1922 por la Biblioteca del Oficial. Perón, cuya idea de la historia estaría influida por Johan Huizinga y Oswald Spengler, lee el libro de Colmar Von der Goltz, “La nación en armas”, publicado en 1927 también en esa Biblioteca. En esta obra, aparecida originalmente en 1883, Von der Goltz sostenía que la acción militar debía estar “en armonía con el estado general del pueblo. Los regímenes oligárquicos vuelven imposible una verdadera defensa nacional, ya que desatan más resistencias que un monarca absoluto”.

Los grandes capitanes (o “conductores”) de la historia eran, para Perón, Ciro, Epaminondas, Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Gustavo Adolfo de Suecia, Federico II de Prusia, Napoleón y San Martín.

El pensamiento militar de Perón influyó, de manera decisiva, en su acción política.“He dicho en otra oportunidad que en tiempo de paz cambiaría un conductor por un maestro; como también en tiempo de guerra cambiaría todos los maestros por un conductor. Clausewitz hizo por el arte de la conducción más que muchos de los conductores juntos. Estos enseñaron a hacer la guerra, aquél a comprenderla.”

Perón ordenó y redactó sus apuntes de clase en una recopilación de “lecciones” que aparecieron en 1932 como “Apuntes de Historia Militar” (reeditados en 1934 y en 1951, cuando era presidente). En la edición de 1951, Perón preparó una obra de lectura militante: “Manual de Conducción Política”.

Indice de “Apuntes de Historia Militar”
A. Consideraciones generales sobre la preparación para la guerra.
I. Consideraciones Políticas, II. Breves consideraciones sobre la situación económica.
III. Preparación militar para la guerra.
B. Teatros y planes de operaciones.
I. Teatro de Operaciones
II. Planes de operaciones
C. La reunión de los medios.
I. La Movilización alemana II. La movilización rusa III. La movilización austro-húngara.
D. El apresto de los ejércitos I: Las concentraciones II. Las consideraciones.
E. La conducción I. La conducción estratégica y operativa II. La doctrina estratégica III Los objetivos de la conducción estratégica y IV. Relación entre los medios y objetivos.
F. Las operaciones I. El VIII ejército alemán II. El grupo de ejércitos del Noroeste III: Las
operaciones en la Galitzia.
G. La maniobra
H. La batalla
El libro incluía 9 anexos y 13 gráficos de batallas

Ver más en: Marcelo Camusso, Universidad Católica Argentina. Escuela de Ciencias Políticas, preparado para el 6º Congreso Argentino de Ciencia Política, Rosario 5-8 de noviembre de 2003

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Lo que queda del día en los personajes de Huaqui

Juan José Castelli: el amargo sabor de la derrota

Después de un regreso sin gloria, fue sometido al Juicio del Desaguadero. La noticia de la derrota de Huaqui llegó a Buenos Aires el 19 de julio de aquel fatídico año de 1811. En su sesión del 20, la Junta Grande (compuesta de saavedristas enemigos del jacobino) decide relevarlo de su cargo y pedirle que vuelva a Buenos Aires.

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Poco después, la Junta decide procesarlo e internarlo en Catamarca, después de confiscarles sus pertenencias. El 21 de septiembre tiene una entrevista con Saavedra en Tucumán y el 26 le informa al gobierno de su imposibilidad de internarse en Catamarca por la falta de medios para transportarle hasta allí y porque se había quedado sin equipaje porque se lo habían robado. En su miseria, pide que se le provean fondos de socorro a cuenta de su sueldo. La Junta provincial de Tucumán le otorga 500 pesos con los que baja a Buenos Aires a enfrentar el juicio por la derrota. Los adversarios lo acusan por el final de la batalla y piden un castigo ejemplar. El 23 de septiembre, en buena medida como respuesta al “suceso desgraciado” de Huaqui, es desplazada la Junta Grande y se establece el Primer Triunvirato.

El 5 de diciembre de 1811 comenzó el “Proceso del doctor Juan José Castelli por su conducta pública y militar desde que fue nombrado representante hasta después del Desaguadero” con el nombramiento de los jueces correspondientes. Como el juicio tardaba en iniciarse, en enero de  1812 reclamó que se agilizara.  Dos semanas después recusó a uno de los jueces, Vicente Anastasio Echeverría, por haber sido abogado de Liniers. El 15 de febrero comenzó la ronda de declaraciones, que eran generalmente positivas respecto de la actuación de Castelli. Las preguntas incluían aspectos que iban más allá de lo estrictamente militar, como si había sido atacada la fidelidad al rey Fernando VII procurando un sistema de libertad, igualdad e independencia, o (por la acusación de haber sido un libertino) si “mantuvo trato carnal con mujeres, se entregó al vicio de bebidas fuertes o al juego”. El proceso se alargó y recién en junio se tomaron las últimas declaraciones. Mientras tanto, sufría los efectos de un cáncer de lengua, que le iba dificultando cada vez más la posibilidad de hablar. Se le amputó la lengua y sólo pudo comunicarse por escrito.  Murió el 12 de octubre de 1812, antes de que terminara el juicio.

La información está tomada de la biografía de Fabio Wasserman, que hay que leer para entender todo este proceso: “Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario”, Buenos Aires, Edhasa, Biografías argentinas, colección dirigida por Gustavo Paz y Juan Suriano, 2011.

Montescos y Capuletos en el primer cumpleaños de la revolución, pero con final feliz
Si las amarguras políticas y militares no fueran suficientes, Castelli debió enfrentar un drama familiar: su hija Angela, de diecisiete años, se comprometió con el capitán saavedrista Francisco Javier Igarzábal, hijo de otro gran saavedrista, edecán de la Junta Grande y que tenía 34. Este compromiso se había celebrado en ausencia de Castelli y había sido aprobado por su esposa María Rosa Lynch. Al volver del Norte, Castelli se niega a aceptar el compromiso de su hija y pide romperlo. Angela pasa a vivir en la casa de un tío materno y después  la del comerciante Antonio Escalada. Cuando todavía no se resolvió el entuerto judicial, Angela escapa y se casa con Francisco en un “matrimonio clandestino”. El hecho es un escándalo para la sociedad porteña. La pareja es detenida y se les ordena casarse de manera formal. Pero Igarzábal pierde su empleo y es condenado a un destierro a cuarenta leguas de Buenos Aires, mientras a Angela le espera la reclusión. Son indultados por pedido de la familia y de la Iglesia y terminan casándose en la Catedral. Angela pasa a ser una dama de la sociedad porteña.

Cornelio Saavedra: un hombre con mala suerte desde Huaqui

Ante las noticias del desastre de Huaqui, el 26 de agosto de 1811, en una decisión imprudente, parte de Buenos Aires para hacerse cargo del Ejército del Norte. La ausencia es aprovechada por los morenistas y se forma un nuevo gobierno: el Primer Triunvirato.  Saavedra, relevado del cargo de jefe del ejército Auxiliar que queda en manos de Juan Martín de Pueyrredón, envió una nota a Buenos Aires el 26 de octubre de 1811, en la que reconoce las poderosas razones que motivaron la creación del nuevo gobierno. El Motín de las Trenzas, en el que el Regimiento de Patricios se sublevó (el 6 de diciembre de 1811) reclamando, entre otras cosas, el regreso de Saavedra, terminó en un fracaso y empañó la figura de Saavedra. El Primer Triunvirato le ordenó trasladarse a San Juan, y de allí pasó a Mendoza. Mientras tanto, se cursaron órdenes de prisión aunque no llegó a estar nunca preso. En 1814, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas (viejo enemigo) ordenó su arresto, pero escapó a Chile junto a su hijo Agustín, de 10 años de edad. Ante la proximidad del ejército realista y por pedido de su esposa Saturnina Otárola, el gobernador de Cuyo José de San Martín le concedió asilo en San Juan.

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Cuando la Asamblea del Año XIII dispuso el juicio de residencia a todos los que habían participado en el gobierno de las Provincias Unidas desde 1810, la lista de individuos sometidos a juicio fueron 36, entre los que estaba Saavedra. El 1 de septiembre de 1813, desde San Juan, Saavedra otorgó un poder a Juan de la Rosa Alva para que lo representara en el juicio de residencia (Rosa Alva era un defensor público ya que a Saavedra no le fue fácil encontrar quien lo representara). El 12 de febrero de 1814, la Asamblea General Constituyente, decretó la amnistía general con la excepción de los que habían participado en los hechos de abril de 1811, de cuya promoción se acusaba a Saavedra, que así (junto con Campana) debían ser “extrañados fuera del territorio de las Provincias Unidas”. Luego de su periplo por San Juan, Chile y vuelta a San Juan, Saavedra llegó a Buenos Aires en marzo de 1815 llamado por el Director Supremo Carlos María de Alvear. Pero era un mal momento, pues éste estaba por ser destituido.  Saavedra tuvo que salir rumbo a la estancia de su hermano en Arrecifes. Cuando Alvear fue destituido, el Cabildo de Buenos Aires le ordenó volver revocándole las órdenes de su confinamiento y restituyéndole su fuero y honores. Después de una serie de idas y vueltas, en 1819 fue rehabilitado y asumió el cargo de comandante de campaña, con sede en Luján, aunque su misión de asegurar la paz con los ranqueles no tuvo éxito. Fue efímero ministro de guerra del gobierno de Juan Ramón Balcarce en 1820. Regresó a Buenos Aires en octubre de 1821 luego que la Sala de Representantes sancionara la Ley del Olvido, el 27 de septiembre de 1821, que autorizó el retorno de los exiliados por cuestiones políticas. Se instaló en una estancia en el norte de la provincia. Allí escribió su amarga “Memoria autógrafa”.  Murió el 29 de marzo de 1829.

Antonio González Balcarce: perdonado y rehabilitado

El segundo jefe militar (después de Ortiz de Ocampo) del Ejército Auxiliar se benefició del “silencio de Vilcapugio”. Después de esta derrota del 1 de octubre de 1813 “el poder Ejecutivo resolvió, en acuerdo secreto, que se archivara el proceso (judicial) y que se impusiera silencio a las partes” (p, 249).

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Fue designado gobernador intendente de Buenos Aires y, en 1816, Director Supremo, aunque sólo por dos meses. Designado en el Ejército de los Andes, fue segundo del general San Martín en las batallas de Cancha Rayada y Maipú. Posteriormente, ocupo el cargo de Jefe del Ejército Libertador ante la ausencia de San Martín de Chile. Su hermano fue Juan Ramón Balcarce (durante las guerras de independencia fue común quitarse uno de los doble apellidos por considerárselos demasiado españoles). Murió en 1819.

José de Goyeneche: con todos los honores

Por su victoria en 1811 obtuvo el título de conde de Huaqui y se convertiría en Grande de España de Primera clase. El título fue otorgado por el Rey Fernando VII el 1 de agosto de 1815 accediendo a la solicitud que presentaron algunas de las principales ciudades del Alto y Bajo Perú. Según consta en la Real Orden de concesión: “… en atención al mérito nobleza y circunstancias del Teniente General de mis Reales Exércitos Don Josef Manuel de Goyeneche, a los grandes servicios que me ha hecho en dicha América durante mi cautiverio y particularmente al que contraxo en la batalla que en los campos de Guaqui dio al exército insurgente de Buenos Ayres, del que resultó la conservación del Virreynato del Perú, y de toda aquella parte de América.”

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Después de Huaqui, Goyeneche continuó siendo la pesadilla del ejército patriota. Jefe de una tropa realista compuesta principalmente por americanos, la llegada de refuerzos europeos al Perú a partir de abril de 1813 menguaría en parte su presencia militar. Ya en España, fue elegido diputado a las Cortes por Arequipa y Senador del Reino por la provincia de Canarias. El rey Fernando VII lo nombró su Gentilhombre de Cámara con Ejercicio y Servidumbre, así como Caballero de la Orden Militar de Santiago. Ocupó los cargos de Consejero Honorario de Estado, Senador Vitalicio, Prócer del Reino, Regidor Perpetuo de Cádiz, Comisario Regio del Banco Español de San Fernando. Fue condecorado con las Grandes Cruces de Isabel la Católica, Carlos III, San Hermenegildo, Laureada de San Fernando o la Cruz de Comendador de la Orden Pontificia de San Gregorio Magno. Murió en 1846.

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Una novela del año 1884, “Juan de la Rosa”, del escritor boliviano Nataniel Aguirre, lo describía como un monstruo ligado a terribles excesos, incluyendo matanzas de mujeres y niños.

 

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