Grietas de otros tiempos: el matrimonio de Salvador María del Carril y Tiburcia Domínguez

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El sanjuanino Salvador María del Carril llegó a ser gobernador de su provincia del 10 de enero de 1823 (cuando tenía 24 años) hasta el 26 de junio de 1825. Su segundo gobierno provincial duró poco: del 9 al 12 de septiembre de este último año, cuando el rivadaviano fue derrocado por José Navarro por los conflictos que desató su Carta de Mayo y la libertad de cultos. Se alejó de San Juan y se dirigió a Buenos Aires, donde el flamante presidente Bernardino Rivadavia lo nombró ministro de Hacienda; los costos de la guerra del Brasil hicieron explotar su ministerio. El “doctor Lingotes”, como lo apodaban por su controvertida ley de convertibilidad (además de tener otras acusaciones de corrupción) que permitió a unos pocos apoderarse de las reservas estatales de metálico, estuvo implicado en el fusilamiento de Dorrego (como muestran las cartas, “Cartas que se queman”, como las llamaba, que intercambió con Lavalle).

Exiliado en Montevideo tras la victoria de Rosas, Del Carril fue un activo miembro del partido unitario. Fue el Comisario de abastecimientos de la escuadra francesa, en la que se embarcó para ayudar a los unitarios en la campaña que lideraría Lavalle. La fama de Del Carril encontró una nueva pieza: el general Iriarte lo acusó de enriquecerse con la venta de productos importados y estafar al ejército de Lavalle.

Volvió a Buenos Aires después de la batalla de Caseros y tuvo una actuación política destacada; legislador, constituyente, vicepresidente y miembro de la Corte Suprema. Su situación económica, por otra parte, era muy buena, con unas 15 mil hectáreas distribuidas en dos campos, uno al norte y otro al sur lindando con los de Crotto, en General Alvear.

Su vida matrimonial fue tan explosiva como su vida política. Algo le hacía prever las desventuras de su matrimonio cuando le envió una carta de felicitación a un amigo en donde le decía “Dios lo haga un santo y un casado paciente y sufrido”. Del Carril se casó con Tiburcia Domínguez el 28 de septiembre de 1831 en Uruguay. En esos años de exilio, en los que nacieron sus siete hijos, la situación económica de la familia era difícil; fabricaban jabón en una bañadera para venderlo a sus vecinos.

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Sigo con una nota de Lis Solé

“El primer vicepresidente argentino no se llevaba mal con Tiburcia pero no compartía algunas cosas con su mujer. Tiburcia Domínguez según su marido, gastaba más de lo que debía y a ella, éso no le importaba porque: ¿A quién le importa lo que piensa el otro si no hay verdadero amor? ¿Cómo saber todas esas pequeñas intimidades que matan al amor?
Así que un día, en 1862, Salvador María del Carril publicó en los diarios de Buenos Aires una nota donde declaraba que no se haría responsable del pago de las deudas de su señora. La publicación fue bochornosa para Tiburcia y la humilló tanto que tomó la resolución de no volverle a dirigir la palabra. Y cumplió: durante los siguientes 21 años ella jamás habló delante de su marido y ni siquiera se dirigía a sus hijos delante de él. Convivieron, viajaron, asistieron a cenas y reuniones, pero jamás Tiburcia dijo palabra delante de él. Por supuesto, tampoco se separaron. Es más, en 1871, Del Carril compra la estancia La Porteña en Lobos para pasar largas temporadas con su familia, incluso iban los esposos enemistados que jamás se divorciaron.
Tiburcia vivió la vida al modo de Salvador María hasta que él fallece en 1883 de pulmonía. Dicen que al enterarse de la noticia, Tiburcia abrió la boca y dijo algo así como: ¿Cuánta plata dejó? ¿Ya puedo empezar a gastar?
Encargó un magnífico mausoleo para su marido en el Cementerio de la Recoleta donde él se observa muy cómodo sentado en un sillón mirando al horizonte. Según contaban en la familia, ella caminaba alrededor de la tumba diciendo: “Ahora estás ahí y yo puedo ser feliz”. Minuciosamente repartió la herencia entre sus hijos y finalizado el duelo, empezó a gastar…
Tiburcia contrató al arquitecto francés Alberto Fabré que con artistas italianos y franceses construyeron el hermoso palacio de “La Porteña” en Lobos, inaugurado cuando ella cumplió 89 años. Tenía tres plantas, salones, biblioteca, capilla y numerosas habitaciones para invitados. Hermosos tapices, espejos y escalinatas de ensueño fueron adornados con objetos preciosos. El parque fue diseñado por el paisajista Carlos Thays; poseía 240 especies de árboles y hacia allí se dirigía toda la alta sociedad bonaerense para participar de fiestas y reuniones.
Viajó con sus hijos por Europa y se mudó a La Porteña donde cada 14 de abril festejaba su cumpleaños con la asistencia de toda la gente top de Buenos Aires, con cocineros y un ejército de empleados que viajaban hasta Lobos con bandejas y vajillas, floristas, paisajistas y bandas de músicos, con trenes especialmente contratos por la anfitriona para que llegaran sus invitados.
Tiburcia murió en 1898, quince años después que su marido y las 21.000 hectáreas que poseía, pasaron a manos de sus hijos. En la estancia “San Justo” de General Alvear ya estaba Pedro Ángel Del Carril Domínguez, el padre de Emma y cuyo nombre representa a todo el paraje y a la escuela N 10. Tiburcia era la abuela y madrina de su primera nieta: Emma Del Carril de Erdmann.
En su testamento, Tiburcia pidió que su busto fuera colocado de espaldas al monumento de Salvador María. Esa posición es la muestra del rencor acumulado durante los años de matrimonio: Sus palabras fueron: “No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad…”.

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