Richard Thaler, el nuevo Premio Nobel de Economía: cuando la psicología encontró a la ciencia económica

 

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A diferencia de Bob Dylan, va a ir a la ceremonia de entrega. Y va a gastar el dinero del premio, como bromeó, de la manera más irracional posible.

Richard Thaler, un personaje simpático, verborrágico y amable al que le cuesta usar corbata y que hasta participó en una película como actor en una mesa del casino para explicar la crisis de las subprime de 2008, ha ganado el premio Nobel de Economía. Su área es la behavioral economics (economía del comportamiento), que ha sido la gran estrella de la teoría económica en estos últimos años. Después de un siglo XX dominado por las discusiones de la macroeconomía (la más famosa fue la del keynesianismo versus el monetarismo), el siglo XXI parece estar dominado por los debates de la microeconomía.

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La behavioral economics adopta una perspectiva psicológica para analizar los fenómenos económicos de la toma de decisiones, inaugurada por los psicólogos conductistas israelíes Daniel Kahneman (también premio Nobel de Economía) y Amos Tversky en la década de 1970 (¿habrá que cambiarle el nombre al premio de la Academia sueca por el de psicología en el siglo XXI?). Como Thaler describe de manera formidable en “Todo lo que he aprendido con la psicología económica. El encuentro entre la economía y la psicología, y sus implicaciones para los individuos”, un libro de lectura ágil y sencilla con ejemplos y análisis fascinantes publicado por Planeta en 2016, lo que está en juego son los dos principios básicos de la escuela dominante de las expectativas racionales: el supuesto de la racionalidad económica de los actores individuales y el equilibrio general que logran en su conducta.
Para Thaler, las decisiones muchas veces no responden a la opción que maximiza (voy a un restaurant con muchas posibilidades de platos y quizá decido pedir el de siempre porque es más fácil, pero no es la mejor opción, apelar al recuerdo) sino a una que resulta más cómoda (así ocurre con muchas decisiones de inversión, mejor malo conocido que bueno por conocer). Esto es irracional, pero forma parte de la conducta humana.
Aquí es necesario destacar el aporte de la behavioral economics. No se discute que seamos irracionales en un objetivo (todo el mundo sabe que los objetivos de los humanos son muchas veces irracionales) sino que elijamos un instrumento irracional para conseguirlo. No hay nada más irracional que un asesinato, pero lo más racional para un asesino sería usar un revólver o un cuchillo. Un asesino irracional decidiría soplarle al oído a su potencial víctima con el objetivo de matarlo. Aquí se encuentra el nudo de la cuestión, en la elección de los instrumentos.

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En cuanto al equilibrio, Thaler da varios ejemplos (don Richard es un escritor de ejemplos, que son buenísimos, casi compulsivo), pero voy a usar uno que es habitual para ejemplificar la behavioral economics. Un jugador va al Casino y gana 10.000 $. Está feliz. Como es un jugador compulsivo, vuelve al otro día y pierde 7.000 $. Está muy infeliz. ¿Por qué si en el conjunto ha ganado 3.000 $ y está en una situación positiva de equilibrio? Porque las pérdidas (no sólo en el juego sino en la vida) son sentidas con más fuerza que las ganancias. Una parte de nuestra personalidad es irracional.
Como buen exponente de la Universidad de Chicago en su mejor aspecto (no el de los Chicago Boys), Thaler se aventura a entender a través de la economía (y la psicología) aspectos que la ciencia económica consideraba variables exógenas (recordemos a Gary Becker, que intentaba explicar económicamente las razones por las que los individuos fumaban o se drogaban).
Esto nos lleva a otro libro (también de lectura fascinante) que Thaler escribió con Cass Sunstein y que se convirtió en best seller mundial (nada fácil para un libro de economía): Nudge (publicado como “Un pequeño empujón: el impulso que necesitas para tomar mejores decisiones sobre salud, dinero y felicidad” por Taurus en 2009), en el que los conceptos de la behavioral economics fueron utilizados para abordar grandes problemas sociales. Thaler y Sunstein acuñaron el concepto del “nudging” (esta es la razón por la que le dan el Nobel ¿por qué no al pobre Sunstein?): cómo se puede “empujar” a la población a tomar decisiones que la beneficien a largo plazo, una cuestión fundamental en las políticas públicas. La teoría del empujón se basa en una premisa tan simple como que, entre dos opciones, las personas escogen a menudo la que es más fácil sobre la que es más adecuada; la falta de tiempo para pensar o la costumbre hacen que, aunque se nos presente un análisis de datos y hechos, es probable que sigamos escogiendo la misma de siempre. Por ejemplo, nuestros hijos van a la escuela A, atestada de alumnos y que no puede recibir más. Pero el estado ha abierto una nueva escuela B con una excelente aproximación a la educación. ¿Por qué entonces seguimos insistiendo en mandan a los chicos a la vieja escuela? Somos bastante irracionales. Aquí entra una cuestión, que creo importante, y es el miedo al cambio que solemos tener los humanos (al estilo de lo descripto por Erich Fromm en “El miedo a la libertad”).¿Cuál es el rol de las políticas públicas? Llevar las ventajas de la escuela B al conocimiento de los padres y promover incentivos. Es posible, entonces, que la escuela B tenga muchos alumnos…y que en el tiempo la escuela A vaya a emular la nueva forma de encarar la educación.
Los seres humanos tenemos una fuerte propensión a cometer errores; sobre temas tan diversos como la educación, la salud, las finanzas. La razón estriba, según Thaler y Sunstein, en los prejuicios que nos llevan al desacierto. Para esto utilizan el concepto de «paternalismo libertario»: tenemos libertad, pero el gobierno y las empresas privadas se convierten a menudo en «arquitectos de elección» porque nuestras percepciones suelen depender de cómo organizamos las diferentes opciones que se nos plantean. El mundo está lleno de estos «arquitectos» –padres, líderes religiosos, profesores, médicos…–, que influyen en nuestras elecciones y tienen la responsabilidad de darles forma mediante «empujoncitos» que no nos limitan pero pueden compensar el error humano, si los utilizamos correctamente.

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