Los rusos (y los moldavos) también lloran: el boom de la telenovela latinoamericana en el mundo postsoviético

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En los primeros años del mundo postsoviético se produjo un grave conflicto entre Rusia y Moldavia. No fue sobre armas nucleares, ni sobre conflictos étnicos, ni sobre el valor del pasado comunismo: fue sobre la telenovela mexicana “Los ricos también lloran”
Año 1992.

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La Unión Soviética ha implosionado y sus antiguas repúblicas han pasado a ser países independientes. Moldavia, como exrepública de la URSS, todavía sigue conectada al canal de televisión Ostánkino (ahora ruso) para la mayor parte de su programación. Pero el noticiero televisivo ruso (que Moldavia no controla) emite noticias que no son del gusto del gobierno moldavo. Resultado: el desenganche del canal ruso Ostánkino. Reacción: casi una revuelta popular en Moldavia porque sus ciudadanos no pueden ver más los capítulos de “Los ricos también lloran”. Contrarreacción: el gobierno moldavo, ante el clamor popular, vuelve a engancharse al canal de televisión ruso Ostánkino. Otra vez felices, los moldavos vuelven a ver su programa preferido.

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El artículo (moscovita) de ALEXANDR KAZACHKOAV, Publicado en “El País” el 32 de mayo de 1992, da cuenta del fenómeno
“El culebrón mexicano Los ricos también lloran se ha convertido en un fenómeno en la antigua Union Soviética, donde paraliza la vida de sus habitantes cada vez que en el primer canal de la televisión se proyecta la serie. Según las encuestas, 200 de los 300 millones de ex soviéticos abandonan sus quehaceres para ver en las pantallas la interminable historia de los amores de Mariana y Luis Alberto.
El éxito de la serie es tal que los directivos de televisión reconocen que han tenido que dejar de retransmitirla los domingos y pasar la proyección a días laborables porque amenazaba con agravar aún más la crisis alimentarla del país. Los fines de semana, millones de rusos que viven en las ciudades aprovechan para ir a sus dachas a sembrar patatas y hortalizas. “Antes emitíamos tres capítulos seguidos el domingo y ahora la gente se siente insatisfecha con sólo 25 minutos de la serie tres días a la semana. Por eso, pronto lo ampliaremos a 50”, explica a EL PAÍS Víctor Oskólkov, director para los programas cinematográficos del canal Ostánkino, que cubre todo el territorio de la ex Unión Soviética. Muchas mujeres, asegura, bombardean con llamadas telefónicas al director de la televisión pidiendo con avidez que se dedique más tiempo a la preciosa obra.

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“Le reservamos a esta serie el mejor horario”, explica Oskólkov. “Todos los habitantes del campo y la mayoría de los ciudadanos, incluidos los intelectuales, a menudo ven el mismo capítulo dos veces. El día de su emisión, y su repetición al siguiente”.
De todos modos, el nuevo horario también perjudica las faenas agrarias en la sexta parte de la tierra firme (antes llamada URSS), según explican los propios empleados de la televisión: en plena siembra primaveral, muchos obreros dejan tirados sus tractores en medio del campo y marchan corriendo para pegarse a las pantallas.
Hombres y mujeres, ancianos y niños, siguen hipnotizados las peripecias de la hermosa Mariana (Verónica Castro). Cansado de la política y de los problemas cotidianos, el ruso de la calle se sumerge en el sueño dorado de una vida de ricos (“que también lloran como nosotros”), antes ignorada en el país comunista. Oskólkov explica que a finales del año pasado mostraron varios capítulos para sondear la opinión de] público, y éste reaccionó unánimemente: “No queremos ninguna otra cosa”. Desde el pasado mes de enero han proyectado ya casi una tercera parte de los 249 capítulos.
“Hemos iniciado la producción de culebrones propios Y pronto estrenaremos uno que se titula El apartamento, con buenos actores y un director profesional. Puede resultar una buena mercancía”, comenta Oskólkov.
Los rusos sólo quieren saber qué sucederá en el próximo capítulo. Se paralizan los hoteles, los aeropuertos, los comercios y la vida en general, en cualquier parte, sea en Uzbekistán, Moldavia, Ucrania o Siberia. La gente está dispuesta a pagar cualquier precio para comprar la novela homónima que acaban de editar en ruso.
Un semanario ha publicado la carta de cierto anciano de Odesa que dice: “Tengo 85 años. Me apasiona la serie Los ricos también lloran. No estoy seguro de poder sobrevivir hasta el último capítulo. Prometo dejar toda mi herencia a quien me explique cuándo y cómo acabará todo”.

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