¿Una nueva edad de oro del cine egipcio?

¿Una nueva edad de oro del cine egipcio?

El cine egipcio, por lejos el más prolífico del mundo árabe, vivió una era dorada durante la década de 1950 y 1960. Y entró en un letargo de más de treinta años. Hasta que, desde hace unos diez años, pareciera que ha vuelto a levantar vuelo.

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La llegada del cine a Egipto fue temprana: en 1896, salas de Alejandría y El Cairo proyectaron el logro de los hermanos Lumière. Y empezó a tomar forma la Hollywood del Nilo: de las 4.000 películas producidas en el mundo árabe desde 1908, 75 % han sido egipcias.

Después de producirse unas cuarenta películas de cine mudo en sets pequeños, los estudios Misr llevaron a que se concretara esa Hollywood árabe. La empresa “Estudios Misr” fue fundada por el economista millonario Talaat Harb (creador del Banco Misr en 1920 como opción nacional a la banca extranjera). La idea era ayudar a la formación de una identidad nacional en una colonia controlada por los británicos. Y ofrecer una alternativa cultural moderna y laica en ese proceso en el que empezaban a tallar los Hermanos Musulmanes.

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La gran mayoría de los países árabes no produjeron películas hasta después de su independencia. El caso de Egipto es distinto: formalmente fue independiente desde 1922, lo que dio aire a la posibilidad de desarrollo de la industria cultural. Ayudado por la progresiva “egiptización” (el árabe se vuelve obligatorio en la comunicación escrita en 1942, todos los nombres de las compañías tienen que ser escritos en árabe a partir de 1946), el cine alcanzó una magnitud considerable, en cantidad y en calidad.

Talaat Harb

A las películas surgidas de los Estudio Misr se unieron las americanas. En 1940, el empresario Anis Ebeid fundó “Anis Ebeid Films”, dedicada a los subtítulos en árabe de miles de películas occidentales; con su negocio, Ebeid llevó a Egipto (y al mundo árabe en general) las películas de Hollywood.

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El cine tenía, como en la mayor parte del mundo, un público ávido por consumir películas (En “Alexandria Why?”, de Youssef Chahine y ambientada en 1942, las esperas e intrigas generadas por el avance de Rommel, que no llegaría finalmente a Alejandría, tienen como eje al mundo cotidiano del cine).

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Una de las primeras películas surgidas de la Hollywood del Nilo y su estudio Misr fue “The Will” (La determinación), de 1939, dirigida por Kamal Selim. El film pinta el impacto de la crisis de 1930. Una joven pareja compuesta por Mohamed y Fátima, se casa con pasión de enamorados. Pero la felicidad se interrumpe cuando el primero pierde su trabajo y se ve forzado a vender telas, algo que oculta a su mujer. Vecinos maliciosos se las arreglan para que Fátima vea el nuevo y degradado trabajo de su marido. Pero el final es feliz: Mohamed recupera su antiguo empleo.

Fue la primera película egipcia en recibir el adjetivo de “realista”; más que en la organización de su argumento, que era bastante convencional, lo fue en el ‘setting’, el escenario donde se despliega la historia y los personajes.


 

Los hacedores de la edad de oro del cine egipcio

El genio de la dirección: Youssef Chahine

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Youssef Chahine

Va a ser Youssef Chahine, uno de los más grandes directores de la historia, el que le va a dar a Egipto un lugar estelar en el mundo del cine. Chahine provenía de una familia católico melquita de rito oriental (si bien los cristianos apenas llegan al 10 % de la población egipcia, y la mayoría son coptos, su importancia en el mundo del cine fue enorme, sólo asimilable a la de los judíos en Hollywood). Había nacido en la cosmopolita Alejandría y hablaba cinco idiomas.

La primera película de Chahine se produjo en 1950. En 1954, unió en otro de sus filmes– “Struggle in the Valley”–a las que serían las figuras más fulgurantes del star system egipcio: Omar Sharif  y Faten Hamama. Se enamoraron en el rodaje. Si bien Sharif también era católico melquita, se convirtió al Islam para casarse con Hamama.

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Cuando Chahine filmó “Struggle in the Valley” (o “The Blazing Sun”), Egipto acababa de derrocar al rey Faruk (en 1952) y un ejército con una fuerte impronta nacionalista y socialista–en donde tallaba Gamal Abdel Nasser– aparecía como el emblema de una nueva identidad colectiva. El escenario de la película va a ser el típico del cine egipcio posterior a la revolución de 1952, con contenido social y mensaje político: un feudalismo influenciado por el extranjero se enfrenta al socialismo, los capitalistas versus humildes trabajadores y campesinos.

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En 1958, Chahine dirigió una de las joyas más grandes de la historia del cine: “Estación Central” (Cairo Station).  La película está fuertemente influenciada por una Annus Mirabilis en la historia de Egipto: 1956. Tropas israelíes avanzan hacia el recién nacionalizado canal de Suez con el apoyo británico y francés. Pero son obligadas a retirarse por la presión estadounidense y soviética. Se produce una reacción nacionalista; judíos y extranjeros abandonan el país; surge el nuevo Egipto de Nasser.

En “Estación Central”, un vendedor de diarios tullido–Qiwani–vive entre los andenes y vagones de la estación de tren de El Cairo. Tiene algo de perverso y ambienta su pobre vivienda con recortes de mujeres ligeras de ropas que aparecen en las publicaciones que vende. Se siente atraído por la sexy vendedora de refrescos Hannuma.

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Cuando Hannuma rechaza su pedido de casamiento, la obsesión amorosa de Qinawi se transforma en locura. Inspirado en los casos de crímenes no resueltos que son noticia, compra un cuchillo para matar a Hannuma. Pero un cambio repentino y una confusión lo llevan a apuñalar a otra chica. Advertido, Qinawi persigue a Hannumah y amenaza con acuchillarla.

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Los planos de los trenes y los movimientos son magistrales. Las actuaciones, increíbles. La cantidad y variedad de recursos empleados por Chahine incluye escenas, como la del baile de la chica en el tren que recuerda a algunas secuencias de “La strada” o “Las noches de Cabiria”, que exploran lo mejor del cine europeo, y otras con una sensualidad, marcada en alguna ocasión con la mirada fija a la cámara de la protagonista.

La escena del pajar es magistral:  sin aparecer en pantalla ninguna escena de sexo y a través de un soberbio montaje de fotogramas se percibe con claridad meridiana los sentimientos que están fluyendo por la mente del tullido Qinawi, interpretado con exquisita perfección por el propio Chahine. Qinawi golpea su Coca Cola mientras se presentan montajes con escenas del tren (el papel de la Coca Cola es crucial en el sutil mensaje de la película sobre el nuevo Egipto: la bebida se publicita como auténticamente egipcia).

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Una fuerte escena sexual donde no hay sexo. Si bien la película fue seleccionada por Egipto para representarla en el premio a mejor film en lengua extranjera, su nominación no fue aceptada.

“Cairo Station”, una joya imperdible


El realismo se vuelve detallista y prolífico: Henry Barakat

Barakat nació en Shubra, el popular distrito copto–cuya religión profesaba–de El Cairo. Fanático del cine y del teatro desde muy chico, fue obsesivo con los detalles. En su primer trabajo en la industria del cine, ayudando a su hermano mayor en la edición, volvió tan locos a los actores y técnicos por los más mínimos errores, que decidió abandonarlo e ir a París a estudiar cine.

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De vuelta en Egipto, “Días y noches”, de 1955, fue su primera obra maestra. El deportista Yehia se enamora de la bella Samia y cree que ha encontrado la mujer de su vida. Pero el medio hermano de Samia es un delincuente y hace todo lo posible para sabotear la relación.

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Su película más famosa es la impresionante “The Nightingale’s Prayer”, de 1959. Fue una adaptación de la novela de Taha Hussein, uno de los intelectuales más influyentes del país. El tema central es la opresión de pobres mujeres campesinas por parte de hombres de clase alta. Image result for The Nightingale Prayer

Amna (interpretada por Faten Hamama, la actriz omnipresente de las películas de Barakat) ha sido testigo del asesinato de su hermana mayor, que ha tenido una relación sexual con un ingeniero, por parte de su tío. El conflicto religioso y el código de honor aparecen: Amna se enfrenta a la opinión de su madre, que considera que su hermana merecía morir por haber deshonrado a la familia. Y busca venganza. Se emplea como mucama en la casa del ingeniero y trata de envenenarlo sin éxito en varias ocasiones. El ingeniero se le acerca para un encuentro sexual. Se le resiste. Hasta que, en el sino trágico de la literatura egipcia del siglo XX, termina enamorándose ella misma del hombre que llevó al asesinato de su hermana. Y el tío vuelve para matarla por la presunta deshonra.

Otras dos películas imperdibles de Bakarat fueron “A man in our house” (1960) y “The Sin” (1965).


El gran maestro del realismo: Salah Abu Seif 

Abuseif, hijo de un terrateniente del Alto Egipto, fue a estudiar cine al lugar venerado de su época: Paris. Compartió el lenguaje cinematográfico de vanguardia de Chahine y el realismo de Bakarat, que profundizó. Filmó en las propias locaciones, lejos de un estudio, y en lugares a los que nadie se había atrevido: prostíbulos, fumaderos de opio, barrios pobrísimos. Su elección de temas como la poligamia en la sociedad islámica y la corrupción en el clero le produjeron conflictos con los religiosos; su primer film, “Number 6” (1942), una comedia negra sobre la explotación financiera de las familias ante una muerte repentina, fue prohibida por la jerarquía religiosa por herir la sensibilidad musulmana. Tampoco gozó de los favores del nasserismo.

En “The Leech”, de 1956, un joven del campo llega a El Cairo a terminar sus estudios. La propietaria de la vivienda que alquila lo seduce y el joven termina olvidando sus obligaciones familiares y sus estudios (Una trama similar a la española “Los amantes de Teruel”).

Abouseif fue el primero en llevar al cine la literatura de Naguib Mahfuz, con su terrible sentimiento tráfico de la vida, que tendría una fuerte impronta en el cine. Abouseif y Mahfuz ya habían colaborado en un film de 1947; lo harían en ocho películas más. En la década de 1960, el escritor tuvo importantes posiciones en el mundo del cine; estuvo a cargo de la censura, del financiamiento de las películas y del departamento de cine, a la vez que fue consultor por este tema del ministerio de cultura. Hasta 1978, se habían realizado quince adaptaciones de sus novelas.

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Dirigió en 1960 una joya del cine: “Principio y fin”, adaptando la novela de Mahfuz (lo haría posteriormente Arturo Rispstein con otra joya del mismo nombre).

Muere el patriarca de una familia de El Cairo y quedan tres hermanos, una hermana y la madre. El hermano mayor se vuelve un delincuente y el del medio deja la capital para trabajar en otra ciudad. Las esperanzas de la familia se centran en el hermano menor (interpretado por Omar Sharif): aspira a ser un oficial de policía y, para lograrlo, la familia va a la bancarrota. La hermana termina trabajando como prostituta. Y el final, a la Mahfuz, no puede ser más trágico, con dos suicidios.

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Otra joya de Abuseif fue “Cairo 30 “, de 1966, basada en la novela de Mahfuz “El Cairo Nuevo”.  Fue la primera película egipcia en apoyar al socialismo como solución a los problemas eternos de Egipto: lucha de clases, decadencia social y corrupción política.  Abuseif no sólo adoraba las películas soviéticas, sino que también usó el guión del intelectual socialista Lutfi al-Kholi.

“Cairo 30” presenta la corrupción y la deshonestidad en El Cairo de comienzos de la década de 1930, después de la muerte del dirigente nacionalista Saad Zaghloul y la llegada de Ismail Sidqi al cargo de primer ministro, que convirtió a la era “liberal” de Egipto en el escenario de luchas facciosas.

“No esperes que los partidos cambien algo. La mayoría están formados por beys y terratenientes. Son inútiles. Necesitamos una alternativa radical que forme una nueva sociedad”, le dice el idealista y socialista Ali Taha a su migo periodista. Una película imperdible del cine político y social.


El realismo egipcio

A partir de las décadas de 1950 y 1960, cada vez más películas árabes abandonaban la ficción y se internaban en la perspectiva realista. Su importancia fue más cualitativa que cuantitativa: entre 1951 y 1971, se produjeron en Egipto 1.012 películas, de las cuales sólo 32 pueden considerarse de género realista y unos pocos directores las filmaban. A pesar de la revolución de 1952, las películas quedaban sujetas a las reglas del mercado. La nacionalización de la industria llegó relativamente tarde–en 1963–y tuvo pocos efectos sobre la tendencia predominante.
A principios de la década de 1980, el realismo revivió con la generación de los “Nuevos realistas”, Atef ElTayeb, Mohamed Khan, Khairy Beshara, Bashir El-Dik, y Daoud
Abd El-Sayyed, cuyos trabajos se manejaron por los mismos intereses comerciales que en los años sesenta.


Restos de la edad de oro: la década del sesenta

La película de Kamal El Sheikh,”The Thief and the Dogs”, de 1962, basada en la novela homónima de Mahfuz, pareció seguir el boom realista. Pero fue quedando del gran cine, con una gran excepción.

La gran estrella de la década fue la película “La momia”, de Shadi Abdel Salam. Este escritor y diseñador de vestuario y escenografía cambió la fuente de enseñanza de los directores egipcios de vanguardia: pasó de Francia a Inglaterra, donde estudió arte dramático. Luego se incorporó a la escuela de arte de El Cairo donde se recibió de arquitecto en 1955. En 1957 diseñó los decorados y vestuarios de algunas de las más famosas películas egipcias históricas. Trabajó como consultor histórico y supervisor de decoraciones, vestuario y accesorios de la película polaca “Faraón”, dirigida por Kavelorovitch.

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Entre 1968 a 1969, dirigió “La momia” o “The Night of the Lasting Years”, considerada una de las mejores películas egipcias de todos los tiempos, y por la que recibió varios premios.

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Situada en 1881, antes de la dominación colonial británica, se basa en la historia verdadera de Abd el-Rasuls, un clan del Alto Egipto que ha estado robando piezas arqueológicas que provienen de la 21 dinastía y que venden en el mercado negro. La muerte del jefe del clan y la sucesión de su dubitativo hijo coinciden con la llegada de una misión “de la ciudad”. Después de un conflicto interno en el clan, este acude a la policía y ayuda al Servicio de Antigüedades a encontrar el sitio arqueológico, cuya locación ha sido guardada como secreto por la tribu que vive, en buena medida, de sus ventas ilícitas.

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La película está cargada de simbolismo; es la búsqueda de una identidad nacional egipcia la verdadera razón de la búsqueda de las momias. El conflicto entre ciudad y campo no queda resuelto y vuelva ambiguo el precio a pagar por la identidad buscada. Su ritmo lento, planos inusuales para la cámara y colores estridentes dan a la película una perspectiva visual semejante a un sueño, reforzada por la música escalofriante de Mario Nascimbene.

 


La edad dorada se diluye: la década de 1970

La fuerza de la edad dorada se diluyó en una nación que no pudo digerir la guerra de los seis días de 1967. Y que no usó la tragedia de la derrota para hacer buenas películas; la tragedia simplemente inmovilizó al cine de la misma manera que al conjunto de la nación. Otros países árabes, que prácticamente no conocieron la industria hasta su independencia, comienzan a desplazar a Egipto.

La década del setenta es la del cine argelino, con sus dramas históricos. “Chronique des Années de Braise” de Mohamed Lakhdar-Hamina, de 1975, relata la guerra de independencia de Argelia a través de los ojos de un campesino (Lakhdar-Hamina ya había filmado “Le Vent des Aurès” en 1967, una película de guerra más documental sobre la independencia). Y se mueve con “Nahla”, de Farouk Beloufa, de 1979, con el relato de una periodista en el Beirut de la guerra civil. Pero también aparece la crítica al machismo en”Omar Gatlato”, de Merzak Allouache, de 1976.

Y la década de 1970 le abre espacio al todavía pobre cine sirio con Moustapha Al Akkad , un director sirio-americano, que había producido la serie original de las películas de Halloween y que ahora se internaba en el cine épico con “Mohamed Mensajero de Dios” (muy buena actuación de Anthony Quinn) y “El León del Desierto”, sobre la vida de Saladino. Y aparece el cine de espacios claramente marginales, como el Sudán, con “The dislocation of Amber” (1975), de Hussein Shariffe.

El cine egipcio había dejado de brillar como antes. Pero todavía alcanzó unas pocas buenas películas en esa “década perdida”. “My Wife and The Dog”, de Said Marzouk (1971) es una excepción que confirma la regla. El director, que había filmado un film interesante pero de menos calidad como “Chitchat on the Nile”, con una punzante crítica a la sociedad egipcia durante Nasser (al que ya era más fácil criticar porque había muerto en 1970) se centra en la vida de un joven que se casa con una hermosa mujer a la que se ve forzado a dejar para ir a trabajar a un lugar remoto.

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La película que le hizo frente a la catástrofe de la guerra de los seis días vino de la mano del genial Youssef Chahine, que había sido fiel al nasserismo pero creyó permitirse,  después de la muerte del líder, ser crítico. En 1972 filmó otra joya: “The Sparrow”, un retrato vívido de un país en caos moral por la derrota de 1967. Una sociedad dividida políticamente y un crimen político se combinan con una estética mezcla de realismo y expresionismo alemán para mostrar un país que ya no existe. Fue prohibida por Anwar El Sadat.


 

Los años 80: el boom tunecino y la nueva generación egipcia

Si la década de 1970 había sido, en el cine árabe, la era de Argelia, la de 1980 será la de Túnez. Abdellatif Ben Ammar dirigió en 1980 “Aziza”; un viejo artesano vende su casa y se muda con su familia de la medina de Túnez a una ciudad nueva situada en la periferia de la capital. Allí descubre una nueva forma de vida en un país que está en pleno cambio de los tiempos inaugurados por Houari Boumédiène y continuados por Chadli Bendjedid.

El escritor y director Nacer Khemir filmó “Wanderers of the Desert” en 1984, donde aparece de nuevo la periferia y la lejanía de los centros más poblados en el personaje del maestro. Quizá esta película haya sido un paso para su obra maestra: “Le collier perdu de la colombe“, de 1991. Allí cuenta la historia de Hassan, un aprendiz de caligrafía árabe de un gran maestro. Hassan encuentra el fragmento de un manuscrito y cree que, si halla las piezas perdidas, también encontrará los secretos del amor.

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La industria del cine de Egipto declinó a finales de la década de los setenta y durante toda la del ochenta. Aparecieron las “contractor movies”, que el actor Khaled El Sawy describió como películas “donde no hay historia, ni actuación, ni producción de calidad de tipo alguno…y cuya fórmula es hacer un gran corcoveo”. No sólo la calidad disminuyó, sino también la cantidad: de cerca de 100 películas por año se pasó a una docena.

Hay poco para ver. Y casi todo se reduce a la llamada “nueva generación”. Entre la escasez aparece “The Bus Driver” (1982), de Atef El-Tayeb, “The Street Player” (1983), de Mohamed Hamed Hassan Khan, “The Collar and the Bracelet” (1986), de Khairy Beshara y “Alexandria Again and Forever” (1989), de Youssef Chahine.


 

Los tiempos de la transición

La década de 1990 empezó a mostrar un potencial renacimiento del cine egipcio. Volvía Youssef Chahine con “The Emigrant” (1994), Destiny (1997) y The Other (1999). Pero la semilla de bondad apareció con algunos de los integrantes de la nueva generación. Estos fueron dos coptos: Yousry Nasrallah, con “The Mercedes” (1993) y Daoud Abdel Sayed, que había sido asistente de Chahine, con “The Land of Fear”,en  1999.

Fue también la década del cine marroquí. Y de la mujer. Fatima Jebli Ouazzani filmaba “En la casa de mi padre” (1997), Saâd Chraïbi “Mujeres y Mujeres (1998), Nabil Ayouch (hijo de un marroquí musulmán y una madre judía tunesina) “Ali Zaoua, príncipe de Casablanca” (2000) y Faouzi Bensaïdi “Mil meses” (2003).

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En 1997 se produjo un hecho interesante: la comedia “Ismailia Rayeh Gay” (Ismailia de un lado para el otro), donde actuaba el famoso cantante Mohammed Fouad, alcanzó un éxito resonante y una alta recaudación de taquilla. A partir de entonces, comenzaron a filmarse más y más comedias. Volvía la cantidad al cine egipcio.

La calidad llegó con la documentalista egipcia-canadiense Tahani Rached con “Cuatro mujeres de Egipto”, de 1997. Y continuó con “Date Wine”, de Radwan El Kashef, de 1998. Pero sería en el nuevo siglo cuando el cine egipcio volvería a ganar vigor.


El siglo XXI. ¿renacer del cine egipcio?

El cine del Africa del Norte siguió mostrando su calidad con el tunecino Nacer Khemir en “Bab’Aziz: le prince que contemplait son âme” (2005) y los argelinos Rachid Bouchareb “Días de gloria” (2006) y Tariq Teguia “Rome plutôt que vous” (2006).

Pero el cine egipcio volvió a cobrar un lugar de privilegio con “El Edificio Yacobián”, que Marwan Hamed filmó en 2006. Basada en la exitosa novela homónima de Alaa Al-Aswany (un best seller en el mundo árabe), cuenta la historia de la evolución política de la sociedad egipcia en los últimos cincuenta años a través de un edificio de rentas residencial estilo Art Decó construido por un millonario armenio en 1934.

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El más viejo poblador es el hijo de un Pashá que tuvo que ver cómo cambiaban los vecinos de elegantes imitadores europeos a grotescos nasseristas, después de la caída del rey Faruk en 1952 y del brote nacionalista de 1956. Pero el edificio deja de atraer a los políticos nacionalistas y pasan a habitarlos gente a la que solamente la une el dinero y tienden al mal gusto. E incluye a los Hermanos Musulmanes en la figura del hijo del portero que vive en la terraza.

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Marwad Hamed, nacido en 1977, es hijo del prominente guionista Wahid Hamed, que ha tratado temas como el terrorismo, la corrupción y la unidad nacional. La película aborda algunos de los temas tabú de la época en Egipto, como la prostitución, la homosexualidad, el fundamentalismo, el narcotráfico y la corrupción.

Zaki Bey es un hombre de 65 años que vive con los hábitos del Egipto monárquico y su amor a Paris, persigue mujeres y no se ha casado. Hatim Rashid es un periodista que persigue hombres jóvenes de extracción social más baja que la suya.

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Hagg Muhammad Azzam es un self-made millonario que busca trascender mediante una banca parlamentaria. El camisero Malak vive en un pequeño lugar de la terraza y ambiciona comprar uno de los departamentos grandes del edificio. Taha es el piadoso hijo del portero que trata de ser policía pero no puede justamente por el puesto humilde de su padre, lo que lo lleva a unirse a los Hermanos Musulmanes. Y las mujeres son elementos casi externos, pero son las que hacen cambiar buena parte de la historia.

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El sentimiento trágico de Mahfuz sigue presente en la novela de Alaa al Aswany, aunque el final terrible no se debe a tener el estómago vacío sino a complejidades psicológicas de los personajes. La militancia islámica (o jihad) se presenta como una droga similar al whisky Black Label o al acercamiento sexual a un policía varón o a una moza de bar.

A “El edificio Yacobian” le siguieron otras joyas.

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Daoud Abdel Sayed filmó en 2010 “Messages from the Sea”. Alejandría fue una ciudad cosmopolita donde vivían egipcios, griegos, italianos, musulmanes, cristianos y judíos. Pero que se transformó en una urbe movida por un capitalismo islámico que la convirtió en un espacio cultural monolítico que ignora su pasado. Yehia es un testigo de estos cambios porque la muerte de su padre lo lleva a la vieja ciudad con las memorias de su niñez. Aunque el encuentro con sus viejos amigos lo confronta con el fundamentalismo islámico que reniega del pasado cosmopolita de Alejandría.

Ahmad Abdalla filmó la extraordinaria “Rags and Tatters” en 2013. Egipto ha cambiado desde la primavera árabe iniciada con las revueltas de la plaza Tahrir de 2011, la llegada al gobierno del islamismo con Mohamed Morsi en 2012, su destitución un año más tarde por parte de los militares seculares liderados por Abdel Fattah el Sisi y las elecciones que lo llevan al poder en 2013. Parece que el reloj de la historia volvió a fojas cero.

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“Rags and Tatters” relata la revolución de 2011 desde una mirada particular. En una de las noches más extraordinarias en la historia de Egipto, las cárceles se abren y dejan a miles de prisioneros vagando por el desierto. La liberación caótica de presos fue un hecho común durante la primavera árabe y, en esta película, uno de ellos narrará la revolución. La película tiene poco diálogo y el personaje central de un prisionero sin nombre trata de encontrar un lugar en El Cairo. Para llegar a la ciudad, ha sido guiado por un video grabado en un celular que ha tomado de otro preso. Ese video contiene los hechos que se desarrollaron en la cárcel durante la revolución.

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El impacto de la primavera árabe es el centro de la narración en “The Square”, del documentalista Jeane Noujaim, de 2013, que puede verse en Netflix.

 

 

 

 

 

 

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