Bertolt Brecht defendiendo al capitalismo. Su orgullo como creador de un aviso publicitario y la indignación de Elias Canetti

brecht

En 1928, Elias Canetti estaba tan entusiasmado como incómodo por un encuentro en el restaurant Schlichter de Berlín, el frecuentado por la intelectualidad berlinesa. En una cálida tarde de verano iba a enfrentarse (nuevamente) con un personaje que, al mismo tiempo, veneraba y rechazaba: Bertolt Brecht.

La vida de Canetti en la ciudad no era fácil. Cuenta en el segundo tomo de su autobiografía “La antorcha al oído”, en la cuarta parte, “El torbellino de los nombres”, los problemas que producía ajustarse a la capital alemana (en la que parecía que imperaba la recomendación para cualquier interacción social), para alguien llegado de Viena (y de origen búlgaro, judío sefardí), “Y de pronto me encontré en Berlín, donde era imposible dar diez pasos sin toparse con una celebridad”, “Yo era allí un don nadie y tenía plena conciencia de ello, no había hecho nada y a mis veintitrés años sólo tenía optimismo”.

Fotografien Restaurant Schlichter

Canetti se enfrentaba a un Brecht que le inspiraba “animosidad” pero al que, confesaba más tarde, le debía mucho. Brecht no era mucho mayor que Canetti, pero tenía el aura de un anciano: “Parecía increíble que sólo tuviera treinta años, su aspecto no era el de una persona prematuramente envejecida, sino el de alguien que siempre hubiera sido viejo”. “Aunque el hombre que había escrito los verdaderos poemas no fuera de mi agrado —todo en él me repelía, desde su forzada indumentaria hasta su lenguaje rígido—, admiraba y amaba sus poemas”.

Una estrategia para generar impacto en Brecht era pontificar sobre algo que debía ser aceptado por su postura ideológica: “En cuanto él lanzaba alguna frase cínica, yo replicaba con otra severa y de alto contenido moral”. Para evaluar una estrategia que impresionara a Brecht, partió del análisis de su aspecto: “Lo primero que me llamó la atención en Brecht fue su indumentaria”. En Schlichter, este sobresalía: “El único que me llamaba la atención entre todos, debido a sus vestimentas proletarias, era Brecht. Era muy flaco y tenía una cara de hambre que parecía ligeramente torcida debido a la gorra”. Para agregar, “Tan grande era mi aversión por su persona que cuando nos encontrábamos no le decía una palabra sobre sus poemas”.

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Los comentarios de Canetti irritaban a Brecht y a la capital alemana de entonces, “sobre todo la exigencia de que sólo era lícito escribir a partir de una convicción y nunca por dinero, debieron de sonar ridículos en el Berlín de aquellos años. Él sabía muy bien lo que quería, y estaba tan dominado por su objetivo que no le importaba nada recibir dinero a cambio. Al contrario, tras una época de estrechez económica cobrar dinero le parecía un signo de éxito. Sabía valorar muy bien el dinero, lo importante era tan sólo quién lo recibía, no de dónde provenía”.

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Para desafiar al alma marxista de Brecht, Canetti le lanzó una dura condena contra las publicidades que contaminaban Berlín, suponiendo que era un baluarte contra esas expresiones “horribles” del mundo comercial capitalista. “Critiqué la propaganda que proliferaba en Berlín como la peste”.

La reacción de Brecht dejó a Canetti boquiabierto: “A él no lo molestaba: al contrario, los anuncios tenían su lado positivo”. Sorpresivamente, “Me confesó haber escrito un poema sobre los coches «Steyr» y obtenido a cambio de él un automóvil”. La reacción de Canetti fue profunda: “Sus palabras me parecieron salir de la boca del diablo. Con esta confesión, que él lanzó como una fanfarronada, dio conmigo en tierra y me obligó a callar”.

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Para suavizar la conversación y alentar al purista cabizbajo, intervino el poeta Ibby Gordon, un amigo en común de la izquierda berlinesa: “Nada más despedirnos de él, Ibby me dijo, como quien no quiere la cosa: —Le encanta conducir—.

En mi estado de sobreexcitación me pareció un asesino: ¡aún tenía en mi cabeza la Leyenda del soldado muerto y él había participado en un certamen sobre los coches «Steyr»!

—Aún le echa piropos a su coche — añadió Ibby—, habla de él como de una amante. ¿Por qué no habría de galantearlo antes, para que se lo dieran?”

Elias Canetti, “La antorcha al oído. Historia de una vida 1921-1931”, Madrid, Alianza/Muchnik, 1984, p. 201, pp. 204-206.

Para aquellos MUY interesados en las contradicciones de Brecht con la publicidad, es muy buena la reseña del libro de James Lyon, “Brecht in America” en el New York Times:

http://www.nytimes.com/1981/01/11/books/a-marxist-among-the-capitalists.html?pagewanted=all

 

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